(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 29.08.2025).- La mañana del jueves 28 de agosto, el Papa León recibió en audiencia en la Sala del Consistorio a unos cuarenta cargos electos franceses del Valle del Marne, de diversos partidos políticos. El discurso del Papa abordó temas como la laicidad mal entendida, la coherencia con la fe profesada y dio un consejo para la vida espiritual de un político. A continuación la traducción íntegra al castellano realizada por ZENIT:
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Saludo cordialmente a Su Excelencia monseñor Dominique Blanchet, y doy la bienvenida a todos ustedes, cargos electos y personalidades civiles de la diócesis de Créteil, en peregrinación a Roma.
Me alegra acogerlos en su camino de fe: regresen a sus compromisos cotidianos fortalecidos en la esperanza, más firmes para trabajar en la construcción de un mundo más justo, más humano, más fraterno, que no puede ser otra cosa que un mundo más impregnado del Evangelio. Frente a las derivas de todo tipo que viven nuestras sociedades occidentales, no podemos hacer nada mejor, como cristianos, que volvernos hacia Cristo y pedir su ayuda en el ejercicio de nuestras responsabilidades.
Por eso su camino, más que un simple enriquecimiento personal, tiene gran importancia y gran utilidad para los hombres y mujeres a quienes sirven. Y es aún más loable, ya que en Francia no es fácil, para un político electo, debido a una laicidad a veces mal entendida, actuar y decidir en coherencia con la propia fe en el ejercicio de responsabilidades públicas.
La salvación que Jesús obtuvo con su muerte y su resurrección abarca todas las dimensiones de la vida humana, como la cultura, la economía y el trabajo, la familia y el matrimonio, el respeto de la dignidad humana y de la vida, la salud, pasando por la comunicación, la educación y la política. El cristianismo no puede reducirse a una simple devoción privada, porque implica un modo de vivir en sociedad inspirado en el amor a Dios y al prójimo que, en Cristo, ya no es un enemigo, sino un hermano.
Su región, lugar de sus compromisos, debe afrontar grandes cuestiones sociales como la violencia en algunos barrios, la inseguridad, la precariedad, las redes de droga, el desempleo, la desaparición de la convivencia… Para enfrentarse a ello, el responsable cristiano se apoya en la virtud de la caridad que lo habita desde su bautismo. Esta es un don de Dios, una «fuerza capaz de suscitar nuevos caminos para afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente desde dentro estructuras, organizaciones sociales, ordenamientos jurídicos. En esta perspectiva la caridad se convierte en caridad social y política: la caridad social nos hace amar el bien común y buscar efectivamente el bien de todas las personas» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 207). Por eso el responsable cristiano está mejor preparado para afrontar los desafíos del mundo actual, naturalmente en la medida en que viva y testimonie la fe que obra en él, su relación personal con Cristo, que lo ilumina y le da esa fuerza. Jesús lo afirma con vigor: «porque sin mí no pueden hacer nada» (Jn 15, 5); por lo tanto, no hay que sorprenderse de que la promoción de “valores” —por más evangélicos que sean— pero “vacíos” de Cristo, que es su autor, sea incapaz de cambiar el mundo.
Entonces, monseñor Blanchet me pidió algunos consejos que darles. El primero —y el único— que les daría es unirse cada vez más a Jesús, vivir de Él y dar testimonio de Él. No existe separación en la personalidad de un personaje público: no está, por un lado, el político y, por otro, el cristiano. Está el político que, bajo la mirada de Dios y de su conciencia, vive cristianamente sus compromisos y sus responsabilidades.
Están, pues, llamados a fortalecerse en la fe, a profundizar en la doctrina —en particular la doctrina social— que Jesús enseñó al mundo, y a ponerla en práctica en el ejercicio de sus funciones y en la redacción de las leyes. Sus fundamentos están sustancialmente en sintonía con la naturaleza humana, con la ley natural que todos pueden reconocer, incluso los no cristianos, incluso los no creyentes. No hay, por tanto, que temer proponerla y defenderla con convicción: es una doctrina de salvación que busca el bien de cada ser humano, la edificación de sociedades pacíficas, armoniosas, prósperas y reconciliadas.
Soy muy consciente de que el compromiso abiertamente cristiano de un responsable público no es fácil, en particular en ciertas sociedades occidentales en las que Cristo y su Iglesia son marginados, a menudo ignorados, a veces ridiculizados. Tampoco ignoro las presiones, las directrices de partido, las «colonizaciones ideológicas» —para retomar una feliz expresión del Papa Francisco—, a las que los políticos están sometidos. Deben tener coraje: el valor de decir a veces «no, no puedo», cuando está en juego la verdad. También aquí, sólo la unión con Jesús —¡Jesús crucificado!— les dará ese coraje de sufrir en su nombre. Él lo dijo a sus discípulos: «En el mundo tendrán tribulación, pero tengan confianza; yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).
Queridos amigos, les agradezco su visita y les aseguro mi más sincero aliento para la continuación de sus actividades al servicio de sus conciudadanos. Conserven la esperanza de un mundo mejor; mantengan la certeza de que, unidos a Cristo, sus esfuerzos darán fruto y serán recompensados. Confío a ustedes y a su país a la protección de Nuestra Señora de la Asunción, y de corazón les imparto la Bendición Apostólica.
Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.
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