(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 26.11.2025).- En el contexto de su Asamblea Plenaria, el Papa León XIV recibió en audiencia en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico a los miembros de la Comisión Teológica Internacional. La audiencia tuvo lugar el miércoles 26 de noviembre. Ofrecemos a continuación la traducción al castellano del discurso del Papa que ZENIT realizó:
***
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con ustedes!
Eminencia,
Me alegra encontrarme con ustedes por primera vez —aunque muchos ya son conocidos— después de que el Señor Jesús me llamó a suceder al beato apóstol Pedro en la cátedra de la Iglesia de Roma en el ministerio de unidad de todas las Iglesias.
Su sesión plenaria anual es una circunstancia propicia para agradecerles a todos ustedes, y también a quienes los han precedido en este servicio. El organismo del que forman parte nació acogiendo las exigencias de renovación formuladas por el Concilio Ecuménico Vaticano II. Instituida en 1969 por San Pablo VI, la Comisión Teológica Internacional ha realizado su labor «con gran diligencia y prudencia», como destacó San Juan Pablo II en 1982 al conferirle una forma estable y definitiva (cf. M.p. Tredecim anni). Renovando este reconocimiento, les agradezco en particular la pronta publicación del documento que han ofrecido a la Iglesia con ocasión del 1700.º aniversario del primer Concilio Ecuménico de Nicea: “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”. Se trata de un texto autorizado, que sin duda será fuente de inspiración para estudios posteriores y para el progreso del diálogo ecuménico. Precisamente mañana comenzaré mi primer Viaje Apostólico a Türkiye y Líbano, durante el cual peregrinaré a İznik, la antigua Nicea, para conmemorar aquel acontecimiento histórico y pedir al Señor el don de la unidad y de la paz para su Iglesia.
Con plena confianza en su generoso compromiso, deseo animarles a continuar la misión que la Sede Apostólica les ha encomendado. Así como mis venerados Predecesores avanzaron con tenacidad y visión en el surco trazado por el Vaticano II, también para mí es esencial el discernimiento de las res novae que marcan el camino de la familia humana y de los temas doctrinales, «en especial aquellos que presentan aspectos nuevos» (Tredecim anni) en la vida de la Iglesia. Son realidades que nos interpelan con urgencia como Pueblo de Dios, para que anunciemos con creativa fidelidad la Buena Noticia dada al mundo «de una vez para siempre» (cf. Hb 9,12) por Dios nuestro Padre mediante el Señor Jesucristo. Él es el Evangelio vivo de la salvación: el testimonio que damos de Él en cada época se renueva constantemente gracias a la efusión «sin medida» del Espíritu Santo (cf. Jn 3,34). Es el Paráclito quien ilumina las mentes e inflama de caridad el corazón, transformando la historia según la amorosa voluntad de Dios. En esta perspectiva, la Comisión Teológica Internacional tiene el encargo de ofrecer profundizaciones, hermenéuticas y orientaciones al Dicasterio para la Doctrina de la Fe y al Colegio episcopal que presido, cooperando así en la comprensión común de la verdad salvífica revelada en Cristo Jesús. De acuerdo con el ministerio propio de los teólogos, que «en virtud de su propio carisma» participan «en la edificación del Cuerpo de Cristo en la unidad y en la verdad» (cf. Instr. Donum veritatis; 1Tm 6,20; 2Tm 1,12-14), sus aportes pueden orientar la misión de la Iglesia en fidelidad al depósito de la fe.
En este espíritu, los exhorto a valorar, junto con el rigor indispensable del método teológico, tres recursos específicos.
Me refiero, en primer lugar, a la catolicidad de nuestra fe. Como señalaba San Juan Pablo II, «al provenir de diversas naciones y tener que tratar con las culturas de distintos pueblos», los miembros de la Comisión Teológica Internacional «conocen mejor los nuevos problemas, que son como el rostro nuevo de problemas antiguos, y pueden también captar mejor las aspiraciones y mentalidades de los hombres de hoy» (Tredecim anni). En consecuencia, deseo que sus reflexiones se enriquezcan gracias a las múltiples experiencias de las Iglesias locales.
En segundo lugar, quiero subrayar la importancia —hoy aún más evidente que ayer— del diálogo inter y transdisciplinar con los diversos saberes y competencias. También este es un encargo, exigente y prometedor, de la Comisión Teológica Internacional: promover —como desea la Constitución apostólica Veritatis gaudium— la «integración y fecundación de todos los saberes en el espacio de Luz y de Vida ofrecido por la Sabiduría que brota de la Revelación de Dios» (n. 4c). Su trabajo, en este sentido, no solo es útil, sino necesario para proseguir con autenticidad y eficacia la evangelización de los pueblos y las culturas.
En tercer lugar, los invito a imitar la apasionada sabiduría de Doctores de la Iglesia como San Agustín, San Buenaventura, Santo Tomás, Santa Teresa de Lisieux, San John Henry Newman: en ellos el estudio teológico estuvo siempre unido a la oración y a la experiencia espiritual, condiciones indispensables para cultivar la inteligencia de la Revelación, que no puede reducirse al comentario de las fórmulas de fe. Solo en una vida conforme al Evangelio se realiza la adhesión a la verdad divina que profesamos, haciendo creíble nuestro testimonio y la misión de la Iglesia.
Como afirmaba el Papa Francisco, «cuando pienso en la teología, me viene a la mente la luz […]. La teología realiza un trabajo oculto y humilde para que emerja la luz de Cristo y de su Evangelio» (Discurso a los participantes en el Congreso internacional sobre el futuro de la teología, 9 de diciembre de 2024). ¡La luz de Cristo, la luz que es Cristo mismo! (cf. Jn 8,12). Sí, Jesucristo es la luz del mundo (cf. Jn 8,12): como enseña el Concilio Vaticano II, Él es «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana», por lo cual la Iglesia continúa anunciando que todas las cosas «encuentran su fundamento último en Cristo, que es siempre el mismo: ayer, hoy y por los siglos» (Gaudium et spes, 10). En cuanto scientia fidei, la teología tiene ante todo la tarea de admirar, luego de reflexionar y difundir la luz perenne y transformadora de Cristo en el fluir cambiante de nuestra historia.
Hoy, precisaba el Papa Benedicto XVI, «la excesiva fragmentación del saber, el cierre de las ciencias humanas a la metafísica y las dificultades del diálogo entre las ciencias y la teología perjudican no solo el desarrollo del saber, sino también el desarrollo de los pueblos, porque cuando esto sucede, se obstaculiza la visión del bien integral del ser humano en las diversas dimensiones que lo caracterizan» (Enc. Caritas in veritate, 31). Entre ellas están ciertamente la razón, pero también «nuestros sentimientos, nuestra voluntad y nuestras decisiones» (Francisco, Discurso citado), que juntos contribuyen a la elaboración de las diversas culturas. Queridísimos, así como no hay facultad que la fe no ilumine, tampoco hay ciencia que la teología pueda ignorar. Mediante un estudio integral, están llamados a ofrecer su valiosa contribución al discernimiento y a la solución de los desafíos que interpelan tanto a la Iglesia como a la humanidad entera.
Gracias, por tanto, por la generosa dedicación con la que continúan este precioso servicio. Encomendándolos a la Bienaventurada Virgen María, Sedes Sapientiae, imparto sobre todos ustedes mi Bendición.
Gracias.
Traducción del original en lengua inglesa bajo responsabilidad del director editorial de ZENIT.
Gracias por leer nuestros contenidos. Si deseas recibir el mail diario con las noticias de ZENIT puedes suscribirte gratuitamente a través de
The post





Leave a Reply