“Pedro (el Papa) no debe quedarse sin compañía”: meditación completa en español del cardenal Radcliffe a los cardenales en Consistorio

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 07.01.2026).- Ofrecemos a continuación la traducción al español de la meditación impartida la tarde del miércoles 7 de enero a los cardenales participantes en el Consistorio por parte del cardenal Timothy Radcliffe, O.P.

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Del Evangelio según Marcos

Mc 6,45-52

Después de que los cinco mil hombres hubieran comido hasta saciarse, Jesús obligó inmediatamente a sus discípulos a subir a la barca y a precederle a la otra orilla, a Betsaida, hasta que él despidiera a la multitud. Cuando los despidió, subió al monte a orar. Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y él solo en tierra. Pero al ver que remaban con dificultad, porque el viento les era contrario, al final de la noche se acercó a ellos caminando sobre el mar, y quería pasar de largo. Al verlo caminar sobre el mar, pensaron: «¡Es un fantasma!», y comenzaron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban conmocionados. Pero él les habló enseguida y les dijo: «¡Ánimo, soy yo, no temáis!». Y subió a la barca con ellos y el viento cesó. Y en su interior estaban muy asombrados, porque no habían comprendido lo de los panes: su corazón estaba endurecido.

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Nos hemos reunido en este Consistorio para ofrecer nuestra ayuda al Santo Padre en el ejercicio de su ministerio al servicio de la Iglesia universal. Pero, ¿cómo podemos hacerlo? Mañana el Papa León ofrecerá una reflexión sobre el Evangelio del día, la multiplicación de los panes y los peces para los cinco mil hombres según el Evangelio de Marcos. Se ha sugerido que el texto que sigue, Jesús caminando sobre las aguas, puede ofrecernos algunas indicaciones sobre nuestra tarea.

Jesús ordenó a los discípulos que subieran a la barca y le precedieran. Pedro no debe afrontar la tormenta solo. Esta es nuestra primera obediencia: permanecer en la barca de Pedro, con el sucesor de Jesús, mientras él afronta las tormentas de nuestro tiempo. No podemos quedarnos en la playa diciendo: «Hoy no me haría a la mar» o «Preferiría otra barca». Jesús está solo en la montaña, pero Pedro no debe quedarse sin compañía.

Juan escribe: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se perfecciona en nosotros». Si la barca de Pedro estuviera llena de discípulos que se pelean entre sí, no seríamos de ninguna utilidad para el Santo Padre. Si, en cambio, vivimos entre nosotros en paz y amor, incluso cuando surgen divergencias, Dios estará realmente presente, incluso cuando parezca ausente.

En la tormenta, Jesús está lejos, en la montaña, y sin embargo, dice el Evangelio: «Vio que se esforzaban por remar». Su mirada está siempre puesta en ellos. Es como si quisiera permitirles experimentar su aparente ausencia. Se toma el tiempo necesario, espera a que estén casi agotados. Esta experiencia de ausencia los prepara para una intimidad que nunca hubieran podido imaginar. Entonces sube a la barca con ellos.

También nosotros, a veces, nos sentiremos solos, agotados, exhaustos. Pero Jesús vela por nosotros y se hará más cercano que nunca. Por eso no debemos temer. Nosotros también vivimos en tiempos de terribles tormentas, marcados por una violencia creciente, desde el crimen armado hasta la guerra. La brecha entre ricos y pobres se amplía cada vez más. El orden global nacido después de la última guerra mundial se está desmoronando. Aún no sabemos qué resultados producirá la Inteligencia Artificial. Si aún no estamos inquietos, deberíamos estarlo.

La propia Iglesia se ve sacudida por sus propias tormentas: abusos sexuales y divisiones ideológicas. El Señor nos llama a navegar en estas tormentas y a afrontarlas con verdad y valentía, sin quedarnos tímidamente esperando en la orilla. Si lo hacemos en este Consistorio, lo veremos venir a nuestro encuentro. Si, por el contrario, permanecemos escondidos en la orilla, no lo encontraremos.

Marco nos ofrece un detalle singular: «quería pasar de largo». El verbo griego traducido como «pasar de largo» está relacionado con la muerte, como ocurre en inglés cuando se dice que alguien «pasa de largo» (fallece). Así se perfila el modelo de la Semana Santa: una comida compartida, la multiplicación de los panes para los cinco mil hombres; la ausencia de Jesús y su repentina aparición. Ya en el lago de Galilea, los discípulos viven, por adelantado, la experiencia de la muerte y resurrección del Señor. Este esquema se repetirá después de la multiplicación de los panes para los cuatro mil.

En Marcos, la Resurrección es a la vez radicalmente nueva y continuamente revivida, como ocurre a lo largo del Año Litúrgico. En Evangelii Gaudium leemos cómo la vida cristiana se sustenta en la memoria y en la inagotable novedad de Dios. Agustín afirma que Dios es siempre más joven que nosotros.

En el consistorio, algunos de nosotros seremos guardianes de la memoria, valorando y custodiando la tradición. Otros sabrán alegrarse más intensamente de la sorprendente novedad de Dios. La memoria y la novedad, sin embargo, son inseparables en el dinamismo de la vida cristiana. Nuestras discusiones cobrarán vida si sabemos estar juntos arraigados en la memoria de las grandes obras realizadas por el Señor y abiertos a su frescura perenne y siempre nueva.

No hay competencia entre ambas.

Los discípulos estaban «completamente asombrados porque no habían comprendido el signo de los panes: su corazón estaba endurecido». En la Biblia, el corazón es ante todo la sede del pensamiento y la inteligencia, más que de las emociones, que se sitúan en las entrañas. Como observó uno de mis hermanos, en la Biblia todo sucede cincuenta centímetros más abajo.

Los discípulos habían alimentado a los cinco mil, pero seguían atrapados en la vieja lógica del cálculo. Todo lo que habían podido ofrecer eran cinco panes y unos pocos peces. Tenían que descubrir que, en la lógica del Reino, sus pequeños dones eran más que suficientes para miles de personas. El Señor de la cosecha hace milagros con lo que ofrecemos.

Ante los grandes desafíos del mundo y de la Iglesia, podemos sentir que tenemos poco que ofrecer. ¿Qué podemos decir o hacer que realmente marque la diferencia? Sin embargo, con la gracia de Dios, nuestro poco será más que suficiente. No endurezcamos nuestro corazón, sino abrámoslo a los dones incalculables de Dios, que nos concede gracia sin medida si abrimos nuestras manos y nuestros oídos a Él y a los demás.

Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.

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