Investigación: Cómo la Santa Sede buscó una última salida diplomática para Maduro

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(ZENIT Noticias / Roma, 09.01.2026).- En Nochebuena, en un momento habitualmente reservado para la liturgia más que para la geopolítica, el centro neurálgico de la diplomacia vaticana se convirtió en escenario de un intercambio inusualmente urgente.

Según documentos oficiales revisados ​​por The Washington Post, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede y el lugarteniente diplomático más cercano del Papa, convocó al embajador de Estados Unidos en el Vaticano, Brian Burch, el 24 de diciembre. La pregunta que planteó fue clara y precisa: ¿Estaba Washington preparando una acción limitada contra las redes de narcotráfico o avanzaba hacia un cambio de régimen total en Venezuela?

Esa reunión, celebrada en vísperas de Navidad, enmarca toda la investigación publicada por el Post: una reconstrucción de los últimos esfuerzos internacionales para evitar que el colapso político de Venezuela derivara en una intervención militar estadounidense a gran escala. Parolin, según sugiere el informe, no negó lo obvio. Nicolás Maduro, según él mismo reconoció, «tenía que irse». Pero precisamente por esa inevitabilidad, el cardenal abogó por lo que los diplomáticos llaman una vía de escape: una salida negociada que evitara el derramamiento de sangre.

El Post describe a Parolin actuando como un operador experimentado, con décadas de experiencia diplomática y su propio pasado como nuncio en Caracas. Durante días, buscó acceso al secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, impulsado por un temor específico: caos, violencia y desestabilización regional si la crisis se descontrolaba.

Entonces se produjo un giro geopolítico. Según una fuente citada por el Post, Rusia manifestó su disposición a ofrecer asilo, no solo a Maduro, sino potencialmente a miembros de su círculo íntimo. La propuesta fue contundente: abandonar el país, vivir en el extranjero y conservar su dinero. Una persona familiarizada con la oferta la resumió con crudeza, afirmando que Vladimir Putin «garantizaría la seguridad».

La investigación del Post, basada en entrevistas con unas veinte personas y en conversaciones delicadas, muchas de ellas mantenidas bajo anonimato, rastrea cómo esas vías de escape se cerraron gradualmente. Maduro, argumenta, tuvo múltiples oportunidades para evitar el desenlace final. En cada una de ellas, se negó. Y a medida que se cerraban las puertas diplomáticas, la planificación operativa avanzaba.

Un tema recurrente en el informe es el error de cálculo. Maduro, según varias fuentes, no comprendió la gravedad del momento. Incluso mientras el tono de Washington se endurecía y las señales militares se acumulaban, se convenció de que el tiempo aún estaba de su lado. Destaca una llamada telefónica con Donald Trump en noviembre. Maduro, según se informa, creía que el intercambio había ido bien. Desde la perspectiva estadounidense, el mensaje era el contrario: se puede ir por las buenas o por las malas.

En cierto momento, la búsqueda de una salida controlada llegó a un extremo sorprendente. El Post informa que a Maduro se le ofreció un salvoconducto a Washington para dialogar cara a cara. Él lo rechazó. En cambio, apostó por la aritmética política: que los demócratas prevalecerían en las elecciones intermedias, que Trump se vería limitado, que la resistencia daría sus frutos. Una fuente captó el estado de ánimo con una imagen contundente: «Estaba ahí fuera bailando».

La investigación no se detiene en la caída en sí; también explora lo que podría haber sucedido después. Mientras el Vaticano trabajaba para asegurar la salida de Maduro, Washington, según el Post, comenzó a inclinarse por un plan de sucesión centrado en la vicepresidenta Delcy Rodríguez. El cambio fue sorprendente. Durante años, Rodríguez había sido sancionada e identificada con el núcleo duro del régimen. Sin embargo, crecieron las dudas en círculos estadounidenses sobre la capacidad de la oposición, en particular la de María Corina Machado, para ganarse el apoyo de las fuerzas armadas o gobernar el aparato estatal.

A esta reevaluación se sumó un análisis clasificado de la CIA, obtenido por el Post, que concluyó que los leales a Maduro estaban mejor posicionados para gestionar una transición post-Maduro que la oposición. Rodríguez, sugiere el informe, encarnaba una dualidad: combativa en público, pragmática en privado. Se la consideraba capaz de negociar con intereses petroleros y actores extranjeros. «No era antiamericana», declaró una fuente al Post, señalando que incluso había vivido en Santa Mónica, California.

Los esfuerzos por orquestar el exilio continuaron hasta el último momento. Proliferaron los intermediarios: rusos, cataríes, turcos, enviados no oficiales, figuras del mundo empresarial. En un episodio particularmente revelador, un magnate brasileño llegó a Caracas con propuestas concretas, incluida la salida de Maduro. Según fuentes que hablaron con el Post, la reacción de Maduro y su esposa fue de furia.

El final llegó de forma rápida y violenta. Las fuerzas especiales estadounidenses llevaron a cabo un operativo que dejó decenas de muertos. Maduro fue trasladado a Nueva York para enfrentar cargos de narcotráfico. Lo que se desprende del reportaje del Washington Post no es un retrato romántico de la diplomacia vaticana, sino realista. La Santa Sede se presenta como lo que es en tales crisis: un poder moral sin ejército, a veces capaz de servir de puente. Washington se muestra navegando entre la negociación y la coerción, concluyendo que cuando la vía de escape falla, el camino difícil se vuelve inevitable. Y Maduro aparece, de forma aún más inquietante, como un gobernante que, por arrogancia, paranoia o puro error de juicio, optó por arriesgarse a la catástrofe en lugar de aceptar una salida.

El episodio deja al descubierto tanto la fuerza como los límites de la diplomacia papal. Roma no tiene divisiones que desplegar ni sanciones que imponer. Su influencia reside en otra cosa: en insistir en que incluso los conflictos más desagradables siguen siendo conflictos humanos, y que mientras exista una grieta para prevenir la violencia, existe la obligación moral de intentarlo. El caso de Maduro demuestra que la diplomacia vaticana puede ganar tiempo, abrir puertas, proponer salidas racionales y humanas, y coordinar a actores que, de otro modo, se niegan a hablar. También expone la frontera estructural que no puede traspasar. Cuando las grandes potencias deciden que el camino difícil es inevitable, la Santa Sede no puede detener la maquinaria. Solo puede advertir, registrar y, a menudo, erigirse como el último testigo incómodo de que alguna vez existió otra opción.

Sobre las revelaciones del Post la Sala de Prensa de la Santa Sede emitió una declaración: “Es decepcionante que se hayan publicado partes de una conversación confidencial que no reflejan con precisión el contenido de la conversación en sí, que tuvo lugar durante el período navideño”. Lejos de restarle relevancia, la investigación del Post subraya su verdadero valor. La diplomacia vaticana no garantiza el éxito. Lo que preserva es la conciencia.

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