(ZENIT Noticias / Roma, 17.03.2026).- En medio de un Oriente Medio cada vez más inestable, la mañana del 16 de marzo tuvo lugar una conversación con un fuerte componente político. El Papa León XIV recibió una llamada de Mahmoud Abbas, centrada en lo que el Vaticano describió posteriormente como los «preocupantes acontecimientos» del conflicto y el deterioro de las condiciones de vida de la población palestina.
Según la Oficina de Prensa de la Santa Sede, la conversación fue claramente de cariz diplomático. El Papa reiteró la postura de larga data de la Santa Sede: la paz debe buscarse mediante la negociación política y la diplomacia, basadas en el pleno respeto del derecho internacional. En una región donde la escalada militar a menudo eclipsa el diálogo, el lenguaje del Vaticano se mantiene deliberadamente coherente: casi formulista, pero cada vez más contracultural.
La llamada adquiere mayor relevancia al considerarla en el contexto de los últimos meses. El 6 de noviembre de 2025, Abbas fue recibido en audiencia en el Palacio Apostólico, con motivo del décimo aniversario del acuerdo global entre la Santa Sede y el Estado de Palestina. Ese acuerdo, firmado en 2015, formalizó una relación que ya tenía relevancia política: el Vaticano fue uno de los primeros actores internacionales en reconocer la condición de Estado palestino, mucho antes del actual ciclo de violencia.
Durante esa reunión, ambas partes destacaron dos prioridades que aún persisten: la urgente necesidad de ayuda humanitaria en Gaza y la necesidad de poner fin a las hostilidades dentro de un marco político más amplio. Fundamental para ese marco es la solución de dos Estados, un concepto que ha ido desapareciendo gradualmente de la diplomacia práctica, pero que continúa funcionando como un referente normativo en el discurso vaticano.
Lo que distingue el enfoque de la Santa Sede es su doble registro. Por un lado, opera como una entidad soberana con relaciones diplomáticas y compromisos contractuales; por otro, se expresa como una autoridad moral que busca moldear el horizonte ético de la política internacional. Esta dualidad le permite mantener canales de comunicación con actores que, de otro modo, podrían permanecer aislados entre sí.
La conversación con Abbas ilustra este delicado equilibrio. Al abordar tanto la dimensión humanitaria —«las condiciones de vida del pueblo palestino»— como el marco jurídico-político del conflicto, el Papa sitúa la crisis dentro de una visión más amplia que se resiste a reducirla a cálculos militares inmediatos.
También existe una continuidad histórica en juego. El reconocimiento del Estado de Palestina por parte de la Santa Sede es anterior a muchas de las actuales alineaciones geopolíticas y refleja un compromiso de larga data con el principio de que dos pueblos deben poder coexistir dentro de fronteras reconocidas internacionalmente. Esta postura, arraigada en décadas de diplomacia vaticana, ha sobrevivido a sucesivos pontificados y a realidades políticas cambiantes.
Sin embargo, la persistencia de esta línea también revela sus límites. La solución de dos Estados, aunque invocada repetidamente, enfrenta crecientes obstáculos sobre el terreno: fragmentación territorial, cambios demográficos y una profunda erosión de la confianza mutua. En este contexto, la insistencia del Vaticano en el diálogo y el derecho internacional puede parecer una aspiración, incluso desvinculada de la lógica que impulsa los acontecimientos actuales.
Aun así, las intervenciones de la Santa Sede no están diseñadas para competir con el poder militar o económico. Su función es diferente: preservar un lenguaje de negociación cuando corre el riesgo de desaparecer por completo y recordar a los actores internacionales principios que, de otro modo, podrían quedar relegados.
La llamada telefónica del 16 de marzo, por lo tanto, no se centra tanto en resultados inmediatos como en mantener un marco diplomático y moral en el que esos resultados puedan hacerse posibles algún día. En un conflicto cada vez más marcado por la escalada, el Vaticano sigue invirtiendo en una forma de influencia más lenta y discreta, que no se basa en la presión, sino en la continuidad, la credibilidad y el llamamiento persistente a una paz que, por ahora, permanece fuera de nuestro alcance.
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