Causa detenida, legado cuestionado: El Vaticano congela el camino de Jorge Novak hacia la canonización

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(ZENIT Noticias / Roma, 08.04.2026).- El camino a la santidad en la Iglesia Católica rara vez es lineal, pero pocos acontecimientos son tan abruptos —y reveladores— como la suspensión repentina de una causa ya en curso. Tal es el caso de Jorge Novak, primer obispo de Quilmes, cuyo proceso de beatificación se ha detenido tras una decisión de la Santa Sede que introduce una nueva complejidad en un legado eclesial que, por lo demás, gozaba de amplio respeto.

El punto de inflexión se produjo el 13 de octubre de 2025, cuando el cardenal Marcello Semeraro confirmó la revocación del nihil obstat previamente concedido a la causa de Novak. En el lenguaje procedimental del Vaticano, este paso es decisivo: el nihil obstat —literalmente «nada impide el avance»— es la autorización formal necesaria para que una causa prosiga. Su retirada no anula el proceso por completo, pero lo congela de hecho, impidiendo su avance hasta que se aclaren las cuestiones pendientes.

En el centro de la decisión reside una preocupación específica. Según la documentación examinada por el Dicasterio para las Causas de los Santos, es posible que Novak, como obispo diocesano, no haya llevado a cabo un procedimiento canónico en relación con la conducta de un sacerdote bajo su jurisdicción. El Vaticano no ha detallado públicamente el caso ni ha llegado a conclusiones definitivas sobre la responsabilidad. Sin embargo, la mera posibilidad de una omisión en el manejo de un asunto disciplinario —particularmente en la Iglesia contemporánea, donde la gobernanza y la rendición de cuentas se han convertido en criterios fundamentales para evaluar a los candidatos a la santidad— ha sido suficiente para interrumpir el proceso.

Cabe destacar que el Vaticano se ha preocupado por delimitar el alcance de su juicio. El cardenal Semeraro declaró explícitamente que la decisión no constituye una evaluación moral de la vida, las virtudes ni la labor pastoral de Novak. En términos eclesiales, esta distinción es crucial. El título de «Siervo de Dios», que Novak recibió al abrirse la causa en 2017, permanece intacto. Por lo tanto, la suspensión no constituye una condena, sino más bien una pausa procesal motivada por interrogantes sin resolver sobre la gobernanza episcopal.

Sin embargo, este matiz no disminuye el impacto de la decisión. En la práctica, la causa —iniciada formalmente el 11 de diciembre de 2017, tras recibir la aprobación del Vaticano a principios de ese año— no puede avanzar. La fase diocesana ya había recabado testimonios y documentación sobre la vida de Novak, incluyendo su reconocido compromiso con los derechos humanos y su labor pastoral en las comunidades marginadas. Dicho material permanece ahora en suspenso.

La reacción en Argentina ha estado marcada por una mezcla de tristeza y contención. La Diócesis de Quilmes y la Sociedad del Verbo Divino, que promovieron conjuntamente la causa, expresaron públicamente su pesar por el resultado, al tiempo que reafirmaron su confianza en la misericordia divina. Su declaración refleja una perspectiva teológica que va más allá del reconocimiento canónico: la santidad, según la concepción católica, no es creada por la Iglesia, sino discernida por ella. Por lo tanto, un proceso interrumpido no niega la posibilidad de la santidad, aunque impida su proclamación formal.

Para comprender las implicaciones más amplias, es necesario situar a Novak en su contexto histórico. Nacido en 1928 y ordenado sacerdote en 1954 tras su formación en la Sociedad del Verbo Divino, posteriormente obtuvo un doctorado en Historia de la Iglesia por la Pontificia Universidad Gregoriana. Nombrado obispo de la recién creada Diócesis de Quilmes en 1976 por Pablo VI, dirigió la diócesis durante veinticinco años, hasta su fallecimiento en 2001.

Su episcopado coincidió con uno de los periodos más oscuros de la historia argentina: la dictadura militar que gobernó de 1976 a 1983. Durante esos años, Novak se convirtió en una de las voces episcopales más destacadas en defensa de los derechos humanos, cofundando el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos y denunciando los abusos cometidos por el régimen. Este aspecto de su legado ha sido fundamental para su reputación, distinguiéndolo dentro de una Iglesia que, en aquel entonces, mostró una amplia gama de respuestas a la dictadura.

Sin embargo, la actual pausa en su causa ilustra un cambio más amplio en los criterios con los que se evalúan tales legados. En las últimas décadas, la Iglesia Católica ha hecho cada vez más hincapié no solo en la virtud personal y el testimonio público, sino también en la integridad del gobierno, particularmente en relación con casos de mala conducta clerical. Incluso la ausencia de un procedimiento canónico completo puede plantear dudas lo suficientemente importantes como para detener una causa, lo que refleja mayores expectativas de responsabilidad episcopal.

Algunas interpretaciones que circulan en círculos eclesiales y mediáticos sugieren que la preocupación del Vaticano podría estar relacionada con la gestión de los casos de abuso durante el mandato de Novak. Sin embargo, no se ha proporcionado ninguna confirmación oficial, y la comunicación del Dicasterio sigue siendo deliberadamente limitada, evitando acusaciones o conclusiones específicas. Esta moderación subraya el carácter provisional de la decisión: la causa no está cerrada, sino suspendida a la espera de aclaraciones.

Que finalmente se reanude dependerá de la resolución de los problemas identificados por la Santa Sede. Los procesos de canonización, que a menudo se extienden durante décadas, no son inmunes a este tipo de interrupciones. Lo que distingue este caso es la tensión entre un legado pastoral ampliamente reconocido —marcado por la valentía durante un período de represión política— y la exigencia contemporánea de rendición de cuentas en el liderazgo eclesial.

En ese sentido, la causa interrumpida de Jorge Novak se convierte en algo más que un episodio aislado. Refleja una eclesiología en evolución en la que la santidad es inseparable de la responsabilidad, y donde la credibilidad del testimonio de la Iglesia se mide no solo por la virtud heroica, sino también por la transparencia y la integridad de su gobierno.

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