(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 27.08.2025).- Por la mañana del lunes 25 de agosto, el Papa León XIV recibió en audiencia en la Sala Clementina del Palacio Apostólico a numerosos monaguillos procedentes de Francia y que se encontraban en Roma en ocasión de su peregrinación por el Año Santo. El Papa les dirigió un discurso en el que trató temas como quién es Jesús, la Eucaristía, el monaguillo en la misa, la liturgia e incluso aprovecho para hacer labor vocacional invitando a escuchar un posible llamado al sacerdocio. Ofrecemos a continuación la traducción al español que ZENIT ha hecho de las palabras del Papa:
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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.¡La paz esté con ustedes! Queridos monaguillos venidos de toda Francia, ¡buenos días!
Les doy la bienvenida a Roma y estoy muy feliz de encontrarme con ustedes, junto con todos sus acompañantes —laicos, sacerdotes y obispos— a quienes saludo cordialmente.
Saben que este es un año especial: es un “Año Santo” —que tiene lugar solo cada 25 años— durante el cual el Señor Jesús nos ofrece una ocasión excepcional. Cuando venimos a Roma y atravesamos la Puerta Santa, Él nos ayuda a “convertirnos”, es decir, a volvernos hacia Él, a crecer en la fe y en su amor, para ser mejores discípulos, de modo que nuestra vida sea bella y buena bajo su mirada, en camino hacia la vida eterna. ¡Es, pues, un gran don del cielo que ustedes estén aquí este año! Los invito a acogerlo viviendo intensamente las actividades que se les proponen, pero sobre todo tomando tiempo para hablar con Jesús en el secreto del corazón y amarlo cada vez más. Su único deseo es formar parte de su vida para iluminarla desde dentro, ser su mejor amigo, el más fiel. La vida se vuelve bella y feliz con Jesús. Pero Él espera su respuesta. Llama a la puerta y espera para entrar: «Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). ¡Estar “cerca” de Jesús, el Hijo de Dios, entrar en su amistad! ¡Qué destino inesperado! ¡Qué felicidad! ¡Qué consuelo! ¡Qué esperanza para el futuro!
La esperanza es precisamente el tema de este Año Santo. Quizás perciban cuánto necesitamos esperar. Seguramente sienten que el mundo no va bien, que debe afrontar desafíos cada vez más graves e inquietantes. Puede que estén tocados, ustedes o quienes les rodean, por el sufrimiento, la enfermedad o la discapacidad, el fracaso, la pérdida de un ser querido; y, ante la prueba, su corazón experimenta tristeza y angustia. ¿Quién vendrá en nuestro auxilio? ¿Quién tendrá compasión de nosotros? ¿Quién vendrá a salvarnos? ¿No solo de nuestros sufrimientos, de nuestros límites y de nuestros errores, sino también de la misma muerte?
La respuesta es perfectamente clara y resuena en la historia desde hace 2000 años: solo Jesús viene a salvarnos, nadie más. Porque solo Él tiene el poder de hacerlo —pues es Dios omnipotente en persona— y porque nos ama. San Pedro lo dijo con fuerza: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual debamos ser salvados» (Hch 4, 12). No olviden nunca estas palabras, queridos amigos, grábenlas en su corazón; y pongan a Jesús en el centro de su vida. Les deseo que vuelvan de Roma más cercanos a Él, decididos más que nunca a amarlo y a seguirlo, y así mejor armados con esperanza para recorrer la vida que se abre ante ustedes. Esta esperanza será siempre, en los momentos difíciles de duda, de desaliento y de tempestad, como un ancla segura, lanzada hacia el cielo (cf. Hb 6, 19), que les permitirá seguir adelante en el camino.
Hay una prueba cierta de que Jesús nos ama y nos salva: entregó su vida por nosotros ofreciéndola en la cruz. En efecto, no hay amor más grande que dar la vida por los que se aman (cf. Jn 15, 13). Esta es la maravilla más grande de nuestra fe católica, algo que nadie hubiera podido imaginar ni esperar: Dios, el creador del cielo y de la tierra, quiso sufrir y morir por nosotros, sus criaturas. ¡Dios nos amó hasta el extremo de morir por nosotros! Para hacerlo, descendió del cielo, se humilló y se hizo semejante a los hombres, y se ofreció en sacrificio en la cruz, el acontecimiento más importante de la historia del mundo. ¿Qué podemos temer de un Dios que nos ha amado hasta este punto? ¿Qué más podíamos esperar? ¿Qué estamos esperando para corresponderle como merece? Gloriosamente resucitado, Jesús vive junto al Padre, ahora cuida de nosotros y nos comunica su vida eterna.
Y la Iglesia, de generación en generación, guarda con cuidado la memoria de la muerte y resurrección del Señor, de la que es testigo, como su tesoro más precioso. La custodia y la transmite celebrando la Eucaristía que ustedes tienen la alegría y el honor de servir. La Eucaristía es el tesoro de la Iglesia, el tesoro de los tesoros. Desde el primer día de su existencia, y luego a lo largo de los siglos, la Iglesia ha celebrado la Misa, domingo tras domingo, para recordar lo que su Señor hizo por ella. En las manos del sacerdote, y con sus palabras «esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre», Jesús entrega de nuevo su vida en el altar, derrama aún hoy su sangre por nosotros. Queridos monaguillos, ¡la celebración de la Misa nos salva hoy! ¡Salva al mundo hoy! Es el acontecimiento más importante de la vida del cristiano y de la vida de la Iglesia, porque es el encuentro en el que Dios se nos da por amor, una y otra vez. El cristiano no va a misa por obligación, sino porque la necesita absolutamente; necesita la vida de Dios que se entrega sin pedir nada a cambio.
Queridos amigos, les agradezco por su compromiso: es un servicio muy grande y generoso el que prestan a su parroquia, y los animo a perseverar con fidelidad. Cuando se acerquen al altar, tengan siempre presente la grandeza y la santidad de lo que se celebra. La Misa es un momento de fiesta y de alegría. En efecto, ¿cómo no sentir alegría en el corazón ante la presencia de Jesús? Pero la Misa es, al mismo tiempo, un momento serio, solemne, lleno de hondura. Que su actitud, su silencio, la dignidad de su servicio, la belleza litúrgica, el orden y la majestad de los gestos introduzcan a los fieles en la grandeza sagrada del Misterio.
Deseo también que estén atentos a la llamada que Jesús podría dirigirles para seguirlo más de cerca en el sacerdocio. Me dirijo a sus conciencias de jóvenes, entusiastas y generosos, y les diré algo que deben escuchar, aunque pueda inquietarlos un poco: ¡la falta de sacerdotes en Francia, en el mundo, es una gran desgracia! ¡Una desgracia para la Iglesia! Ojalá puedan descubrir, poco a poco, domingo tras domingo, la belleza, la felicidad y la necesidad de una vocación así. ¡Qué vida tan maravillosa la del sacerdote que, en el centro de cada día, se encuentra con Jesús de un modo tan excepcional y lo entrega al mundo!
Queridos monaguillos, les agradezco nuevamente su visita. Su número y la fe que los anima son un gran consuelo, un signo de esperanza. Perseveren con valentía y den testimonio a su alrededor del orgullo y de la alegría que les da servir en la Misa.
Impongo de corazón a ustedes, así como a sus acompañantes, a sus sacerdotes y a sus familias, la Bendición Apostólica. ¡Gracias!
Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.
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