(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 04.01.2026).- En el segundo domingo del periodo litúrgico de Navidad (que este año comenzó el 25 de diciembre y se prolonga hasta el domingo 11 de enero) Papa León XIV rezó el Ángelus con miles de peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro. El Santo Padre se asomó por la ventana del apartamento pontificio al medio día y desde allí pronunció la alocución dominical que ofrecemos a continuación traducida al castellano:
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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
En este segundo domingo después de la Natividad del Señor, deseo en primer lugar renovar mis felicitaciones a todos ustedes. Pasado mañana, con el cierre de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, concluiremos el Jubileo de la esperanza, y es precisamente el Misterio de la Navidad, en el que estamos inmersos, el que nos recuerda que el fundamento de nuestra esperanza es la encarnación de Dios. El Prólogo de Juan, que también la liturgia nos propone hoy, nos lo recuerda: «Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). La esperanza cristiana, en efecto, no se basa en previsiones optimistas o cálculos humanos, sino en la decisión de Dios de compartir nuestro camino, para que nunca estemos solos en la travesía de la vida. Esta es la obra de Dios: en Jesús se hizo uno de nosotros, eligió estar con nosotros, quiso ser para siempre el Dios-con-nosotros.
La venida de Jesús en la debilidad de la carne humana, si por una parte reaviva en nosotros la esperanza, por otra nos confía un doble compromiso, uno hacia Dios y el otro hacia el ser humano.
Hacia Dios, porque si Él se hizo carne, si eligió nuestra humana fragilidad como su morada, entonces siempre estamos llamados a pensar en Dios a partir de la carne de Jesús y no desde una doctrina abstracta. Por eso, siempre debemos verificar nuestra espiritualidad y las formas en las que expresamos la fe, para que sean realmente encarnadas, es decir, capaces de pensar, rezar y anunciar al Dios que viene a nuestro encuentro en Jesús; no un Dios distante que habita en un cielo perfecto sobre nosotros, sino un Dios cercano que habita nuestra tierra frágil, se hace presente en el rostro de los hermanos, se revela en las situaciones de cada día.
Hacia el ser humano, nuestro compromiso debe ser igualmente coherente. Si Dios se ha hecho uno de nosotros, toda criatura humana es un reflejo suyo, lleva en sí su imagen, conserva un destello de su luz; y esto nos llama a reconocer en cada persona su dignidad inviolable y a ejercitarnos en el amor mutuo unos hacia otros. De este modo, la encarnación nos pide también un compromiso concreto por la promoción de la fraternidad y de la comunión, para que la solidaridad sea el criterio de las relaciones humanas; por la justicia y por la paz; por el cuidado de los más frágiles y la defensa de los débiles. Dios se hizo carne, por eso no hay un culto auténtico hacia Dios sin el cuidado de la carne humana.
Hermanos y hermanas, que la alegría de la Navidad nos anime a continuar nuestro camino, mientras pedimos a la Virgen María que nos haga cada vez más disponibles para servir a Dios y al prójimo.
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