(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 11.01.2026).- El jueves 8 de enero, al finalizar el consistorio extraordinario al que el Papa León XIV convocó a los cardenales, el Santo Padre les dirigió las palabras que ofrecemos a continuación traducidas por ZENIT al castellano. Se trata no sólo de un repaso de lo tratado sino también de una proyección de los pasos que siguen.
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Cuando cada uno de nosotros fue elegido cardenal, el Santo Padre nos encargó ser «intrépidos testigos de Cristo y de su Evangelio en la ciudad de Roma y en las regiones más lejanas» (cf. Rito para la creación de cardenales). Esta misión es realmente el núcleo, la esencia de lo que todos nos comprometemos a hacer. Este Consistorio ha representado un momento privilegiado para expresar la misión de la Iglesia y para hacerlo juntos, en comunión. Durante este último día y medio, el Espíritu Santo ha derramado generosamente sus múltiples dones. Estoy profundamente agradecido por vuestra presencia y vuestra participación, todas ellas orientadas a sostenerme en mi servicio como sucesor de Pedro. Estoy agradecido a los más ancianos entre ustedes, que han hecho el esfuerzo de venir: ¡su testimonio es realmente valioso! Al mismo tiempo, estoy cerca también, y de manera particular, de los cardenales de diversas partes del mundo que, por diferentes razones, no han podido venir. ¡Estamos con ustedes y los sentimos cerca!
Esta reunión está íntimamente relacionada con lo que hemos vivido en el cónclave. Ya antes del cónclave, de la elección del sucesor de Pedro, habíais expresado el deseo de conocernos y de poder aportar vuestra contribución y vuestro apoyo. Tuvimos una primera experiencia el 9 de mayo. Luego, en estos dos días, con un método sencillo, pero no necesariamente fácil, que nos ayudara a encontrarnos y a conocernos mejor. Personalmente, he sentido una profunda comunión y sintonía con todos vosotros y entre tantas intervenciones. También hemos tenido una experiencia de sinodalidad, no vivida como una técnica organizativa, sino como un instrumento para crecer en la escucha y en las relaciones. Y, sin duda, debemos continuar y profundizar en estos encuentros.
Al final de esta intervención, retomaré más concretamente algunas ideas sobre cómo podríamos continuar. Pero antes me gustaría retomar algunas de las ideas que han surgido en estos días. Quizás comenzando por las palabras que se han repetido varias veces también en esta última sesión.
Encontrar a Cristo en el centro de nuestra misión. Proclamar el Evangelio, todos lo sabemos bien: Jesucristo está en el centro. Queremos anunciar su Palabra y, por lo tanto, la importancia de vivir nosotros mismos una vida espiritual auténtica que pueda ser testimonio en el mundo de hoy.
Los temas que se han elegido están profundamente arraigados en el Concilio Vaticano II y en todo el camino que surgió del Concilio. Nunca insistiremos lo suficiente en la importancia de continuar el camino que se abrió con el Concilio. Os animo a hacerlo. Como sabéis, he elegido este tema —los documentos y la experiencia del Concilio— para las audiencias públicas de este año. Y este camino es un proceso de vida, de conversión, de renovación de toda la Iglesia. La Evangelii gaudium y la sinodalidad son elementos importantes de este camino.
Y me gustaría decir también que, al mismo tiempo, los otros dos temas que se han propuesto, pero que no son necesariamente centrales en estos dos días de trabajo, están fuertemente relacionados con los otros temas y con el Concilio. No se han olvidado y no se olvidarán. El cardenal Semeraro ha recordado muy bien el vínculo entre la sinodalidad y la Eucaristía. Por cierto, un grupo de estudio vinculado a la Asamblea sinodal está profundizando precisamente en este tema. El cardenal Castillo ha hablado ahora de la Asamblea de 2028. Sin duda, el trabajo en curso con la Secretaría del Sínodo continúa con los grupos de estudio.
El camino de la sinodalidad es un camino de comunión para la misión, en el que todos estamos llamados a participar. Por eso son importantes los vínculos entre nosotros. Habéis subrayado la importancia de la conexión del Santo Padre, en particular con las Conferencias Episcopales y con las Iglesias locales; y la importancia de las Asambleas continentales. Sin embargo, estas tampoco deben convertirse en reuniones «adicionales» que añadir a una lista, sino en lugares de encuentro y de relación entre los obispos con los presbíteros y los laicos, y entre las Iglesias, que ayudan mucho a promover una auténtica creatividad misionera.
A continuación, volvemos al otro tema: el trabajo de los Dicasterios en el espíritu de Praedicate Evangelium, con su servicio al Santo Padre y a las Iglesias particulares. Praedicate Evangelium destaca la necesidad de «armonizar mejor el ejercicio actual del servicio de la Curia con el camino de evangelización que la Iglesia, sobre todo en esta época, está viviendo» (I, 3). En esta perspectiva, les reitero mi compromiso de hacer mi parte y ofrecerles a ustedes y a toda la Iglesia una estructura de relaciones y de servicio, capaz de apoyarles y respaldarles a ustedes y a las Iglesias locales, para afrontar juntos con mayor pertinencia y eficacia los retos actuales de la misión.
Para continuar este camino, habéis hablado de la importancia de la formación. Formación para escuchar, formación en una espiritualidad de la escucha. En particular —habéis subrayado— en los seminarios, ¡pero también para los obispos!
Aquí, aunque no haya sido un tema específico de diálogo en nuestro encuentro, quiero mencionar el problema que aún hoy sigue siendo una verdadera herida en la vida de la Iglesia en muchos lugares, que es precisamente la crisis causada por los abusos sexuales. No podemos cerrar los ojos ni tampoco los corazones. Me gustaría decir, animándoles también a que lo compartan a su vez con los obispos: muchas veces el dolor de las víctimas ha sido más fuerte por el hecho de no haber sido acogidas y escuchadas. El abuso en sí mismo causa una herida profunda que tal vez dure toda la vida; pero muchas veces el escándalo en la Iglesia se debe a que se ha cerrado la puerta y no se ha acogido a las víctimas, ni se les ha acompañado con la cercanía de auténticos pastores. Hace poco, una víctima me dijo que lo más doloroso para ella era precisamente que ningún obispo quisiera escucharla. Y por eso, también en este caso, la escucha es profundamente importante.
La formación de todos. La formación en los seminarios, de los sacerdotes, de los obispos, de los colaboradores laicos debe estar arraigada en la vida ordinaria y concreta de la Iglesia local, de las parroquias y de tantos otros lugares significativos donde se encuentran las personas, en particular las que sufren. Como habéis visto aquí, no bastan uno o dos días, ni siquiera una semana, para profundizar en un tema y vivirlo. Por lo tanto, sería importante que nuestra forma habitual de trabajar juntos sea una oportunidad de formación y crecimiento para aquellos con quienes trabajamos, a todos los niveles, desde el parroquial hasta la Curia Romana. Un ejemplo de dónde se puede crecer habitualmente en un estilo sinodal son las visitas pastorales; y también hay que revitalizar todos los organismos de participación.
Pero todo esto está relacionado con el camino de implementación del Sínodo, que continúa y tendrá una etapa fundamental en la Asamblea Eclesial programada para 2028. Les animo a ser fermento de este camino. Es un camino para la misión de la Iglesia, un camino al servicio del anuncio del Evangelio de Cristo.
He aquí, queridos hermanos. Pero estas son solo las primeras resonancias de lo que he escuchado de ustedes. El debate está destinado a continuar. Os invito de nuevo a que me enviéis por escrito vuestras valoraciones sobre los cuatro temas, sobre el Consistorio en su conjunto y sobre la relación de los cardenales con el Santo Padre y con la Curia Romana. Yo también me reservo el derecho de leer con calma los informes y mensajes personales y, más adelante, daros mi opinión, una respuesta y continuar el diálogo.
Me gustaría proponer que nuestra próxima reunión del Consistorio sea cerca de la solemnidad de San Pedro y San Pablo de este año. Y me gustaría sugerir que, para este año, hagamos una segunda vez dos días, pensando luego en continuar las reuniones en el futuro, pero quizás durante más días, una vez al año: tres o cuatro días, como ha sugerido algún grupo. Un primer día de reflexión, de oración, de encuentro, y luego dos o tres días de trabajo. Pero este año continuaríamos de esta manera.
Para continuar, en cuanto a la ayuda que sinceramente creo que ustedes pueden ofrecer, pensemos en el próximo Consistorio de junio. Aquí quiero añadir que, si algunos de ustedes tienen dificultades por motivos, digamos, económicos, háganlo saber. Y creo que yo también, que nosotros también, podemos vivir un poco de solidaridad unos con otros, y habrá maneras, con personas generosas que ayudarán.
Bien. Al término de este Consistorio, deseo reiterar lo que afirmé en la homilía de la Epifanía: «Dios se revela y nada puede permanecer inmutable. Se acaba un cierto tipo de tranquilidad, esa que hace repetir a los melancólicos: «No hay nada nuevo bajo el sol» (Qo 1,9). Esta es la esperanza que se nos da.
Esperanza que sentimos que podemos transmitir a nuestro mundo. Y con esto, queremos manifestar todos juntos la preocupación que hemos compartido en los diálogos y encuentros personales, y también en alguna intervención en el grupo, por todos los que sufren en el mundo. No estamos reunidos aquí sordos a la realidad de la pobreza, del sufrimiento, de la guerra, de la violencia que aflige a tantas Iglesias locales. Y aquí, con ellos en nuestros corazones, queremos decir también que estamos cerca de ellos. Muchos de vosotros venís de países donde estáis viviendo este sufrimiento de la violencia y la guerra.
Estamos llamados a asumir este camino de esperanza también ante las generaciones jóvenes: lo que vivimos y decidimos hoy no solo concierne al presente, sino que influye en el futuro próximo y en el más lejano.
Es la esperanza que hemos vivido en el Jubileo que acaba de concluir. Es verdaderamente un mensaje que queremos ofrecer al mundo: hemos cerrado la Puerta Santa, pero recordemos: ¡la puerta de Cristo y de su amor permanece siempre abierta!
Y ahora recemos unos por otros, como el Santo Padre rezó por nosotros el día en que nos creó cardenales: «Concede con tu gracia lo que la debilidad humana no puede alcanzar, para que estos tus siervos, edificando continuamente tu Iglesia, resplandezcan por la integridad de la fe y la pureza del espíritu» (cf. Rito de la creación de nuevos cardenales). ¡Y que San Pedro interceda por nosotros, mientras, en espíritu colegial, tratamos de servir a su Barco, la Iglesia!
Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.
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