Este es el polémico texto (en español) sobre la liturgia que se entregó a los cardenales en el primer consistorio de León XIV

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(ZENIT Noticias / Roma, 13.01.2026).- Ha salido a la luz un texto polémico del cardenal Arthur Roche que aborda el tema de la misa tradicional. El texto fue distribuido a los cardenales participantes en el primer consistorio extraordinario convocado por el Papa para el 7 y 8 de enero de 2026 en la Ciudad del Vaticano.

 

Aunque originalmente el Papa León XIV deseaba que se abordasen cuatro temas (evangelización, Curia Romana, Sinodalidad y Liturgia), al final, por razones de tiempo, solo se tocaron dos, dejando fuera Liturgia y Curia Romana.

 

Según una fuente consultada por esta agencia, el texto del cardenal Rocher, prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, serviría de base para una posterior discusión. Como se puede leer en la traducción ofrecida por ZENIT al castellano, Roche se posiciona favor de Traditiones Custodes de Papa Francisco con la cual queda altamente limitada la posibilidad de celebrar la misa en el rito anterior. A continuación el texto íntegro:

***

Liturgia

Cardenal Arthur Roche

  1. En la vida de la Iglesia, la liturgia siempre ha sido objeto de reformas. Desde la Didaché hasta la Traditio Apostolica, desde el uso del griego al del latín, desde los libelli precum hasta los Sacramentarios y los Ordines, desde los Pontificales hasta las reformas franco-germanas; desde la Liturgia secundum usum romana curia hasta la reforma tridentina; desde las reformas parciales post-tridentinas hasta la reforma general del Concilio Vaticano II. Podríamos decir que la historia de la liturgia es la historia de su continua «reforma», en un proceso de desarrollo orgánico.
  2. San Pío V, al abordar la reforma de los libros litúrgicos en cumplimiento del mandato del Concilio de Trento (cf. Sesión XXV, Decreto general, cap. XXI), se movió por la voluntad de custodiar la unidad de la Iglesia. En la bula Quo primum (14 de julio de 1570), con la que se promulga el Missale Romanum, afirma que «así como en la Iglesia de Dios hay un solo modo de salmodiar, así conviene sumamente que haya un solo rito para celebrar la Misa» (cum unum in Ecclesia Dei psallendi modum, unum Missae celebrandae ritum esse maxime deceat).
  3. La necesidad de reformar la liturgia está estrechamente relacionada con el componente ritual, por medio del cual, per ritus et preces (SC48), participamos en el misterio pascual: el rito está connotado por elementos culturales que cambian con el tiempo y los lugares.
  4. Además, dado que «la Tradición no es transmisión de cosas o de palabras, una colección de cosas muertas», sino «el río vivo que nos conecta con los orígenes, el río vivo en el que los orígenes están siempre presentes» (BENEDICTO XVI, Audiencia general, 26 de abril de 2006), podemos afirmar con certeza que la intervención de reforma de la Liturgia querida por el Concilio Vaticano II no solo está en plena sintonía con el sentido más verdadero de la Tradición, sino que constituye una forma elevada de ponerse al servicio de la Tradición, para que esta, como un gran río, conduzca a la Iglesia al puerto de la eternidad (ibíd.).
  5. En esta visión dinámica, «conservar la sana tradición» y «abrir el camino a un progreso legítimo» (SC 23) no pueden entenderse como dos acciones separables: sin un «progreso legítimo», la tradición se reduciría a una «colección de cosas muertas», no siempre sanas; sin la «sana tradición», el progreso corre el riesgo de convertirse en una búsqueda patológica de novedades, que no puede generar vida, como un río cuyo curso se bloquea separándolo de sus fuentes.
  6. En su discurso a los participantes en la Plenaria del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (8 de febrero de 2024), el Papa Francisco se expresó así:

«A sesenta años de la promulgación de la Sacrosanctum Concilium, no dejan de entusiasmarnos las palabras que leemos en su Proemio, con las que los Padres declaraban la finalidad del Concilio. Son objetivos que describen una voluntad precisa de reforma de la Iglesia en sus dimensiones fundamentales: hacer crecer cada día más la vida cristiana de los fieles; adaptar mejor a las exigencias de nuestro tiempo las instituciones sujetas a cambios; favorecer lo que puede contribuir a la unión de todos los creyentes en Cristo; vigorizar lo que sirve para llamar a todos al seno de la Iglesia (cf. SC 1). Se trata de una labor de renovación espiritual, pastoral, ecuménica y misionera. Y para poder llevarla a cabo, los Padres conciliares sabían bien por dónde empezar, sabían «que debían ocuparse de manera especial también de la reforma y la promoción de la liturgia» (Ibid.). Es como decir: sin reforma litúrgica no hay reforma de la Iglesia.

  1. La reforma litúrgica se elaboró sobre la base de «una cuidadosa investigación teológica, histórica y pastoral» (SC 23). Su objetivo era hacer más plena la participación en la celebración del Misterio pascual, para una renovación de la Iglesia, pueblo de Dios, Cuerpo místico de Cristo (cf. LG cap. I-II), perfeccionando a los fieles en la unidad con Dios y entre ellos (cf. SC 48). Solo a partir de la experiencia salvífica de la celebración de la Pascua, la Iglesia redescubre y relanza el mandato misionero del Señor Resucitado (cf. Mt 28, 19-20) y se convierte, en un mundo lacerado por la discordia, en fermento de unidad.
  1. Debemos reconocer también que la aplicación de la Reforma ha sufrido y sigue sufriendo una falta de formación: esta es la urgencia que hay que abordar, empezando por los seminarios, para «suscitar esa formación de los fieles y promover esa acción pastoral que tiene como culmen y fuente la sagrada liturgia» (Inst. Inter æcumenici, 26 de septiembre de 1964, 5).
  2. El bien primordial de la unidad de la Iglesia no se alcanza «congelando» la división, sino reencontrándonos todos en el compartir lo que no puede dejar de ser compartido, como dijo el Papa Francisco en Desiderio desideravi 61:

«[…] Estamos llamados continuamente a redescubrir la riqueza de los principios generales expuestos en los primeros números de la Sacrosanctum Concilium, comprendiendo el íntimo vínculo entre la primera de las Constituciones conciliares y todas las demás. Por esta razón, no podemos volver a esa forma ritual que los Padres conciliares, cum Petro et sub Petro, sintieron la necesidad de reformar, aprobando, bajo la guía del Espíritu y según su conciencia de pastores, los principios de los que nació la reforma. Los santos Papas Pablo VI y Juan Pablo II, al aprobar los libros litúrgicos reformados ex decreto Sacrosancti Ecumenici Concilii Vaticani II, garantizaron la fidelidad de la reforma al Concilio. Por esta razón he escrito Traditionis custodes, para que la Iglesia pueda elevar, en la variedad de lenguas, una única y misma oración capaz de expresar su unidad [Cfr. PAULUS VI, Constitutio apostolica Missale Romanum (3 Aprilis 1969) en AAS 61 (1969) p. 222]. Esta unidad, como ya he escrito, pretendo que se restablezca en toda la Iglesia de rito romano».

  1. El uso de los libros litúrgicos que el Concilio quiso reformar ha sido, desde san Juan Pablo II hasta Francisco, una concesión que no preveía en modo alguno su promoción. El papa Francisco, aunque concedió, según lo establecido en Traditionis Custodes, el uso del Missale Romanum de 1962, indicó el camino de la unidad en el uso de los libros litúrgicos promulgados por los santos pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, de conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, única expresión de la lex orandi del rito romano.
  2. El papa Francisco ha resumido así la cuestión (Desiderio desideravi 31):

«[…] Si la liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que mana toda su energía» (Sacrosanctum Concilium, n. 10), comprendemos bien lo que está en juego en la cuestión litúrgica. Sería trivial interpretar las tensiones, lamentablemente presentes en torno a la celebración, como una simple divergencia entre diferentes sensibilidades con respecto a una forma ritual. La problemática es ante todo eclesiológica. No veo cómo se puede decir que se reconoce la validez del Concilio —aunque me sorprende un poco que un católico pueda presumir de no hacerlo— y no aceptar la reforma litúrgica nacida de la Sacrosanctum Concilium, que expresa la realidad de la liturgia en íntima conexión con la visión de la Iglesia admirablemente descrita por la Lumen gentium. […]».

Roma, Consistorio Extraordinario, 8 de enero de 2026.

Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.

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