(ZENIT Noticias / Monterrey, México, 13.02.2026).- En una ciudad definida por la industria, el comercio y el perfil serrado de la Sierra Madre Oriental, la Iglesia Católica se prepara para rediseñar el horizonte con una estructura que busca conectar no solo con los creyentes, sino también con la imaginación cívica del norte de México. La Arquidiócesis de Monterrey planea erigir una «Cruz de la Misericordia» de 170 metros en la cima del cerro Loma Larga, un proyecto concebido como una proclamación visible de fe y un catalizador para la renovación espiritual y social.
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A 170 metros de altura, con brazos de 90 metros de ancho, la estructura de concreto y acero se elevará desde una base de 12×12 metros y culminará en una corona de 7×7 metros. En su intersección —un cruce de 8×8 metros—, los visitantes encontrarán algo sin precedentes a esa altitud: una capilla eucarística diseñada para la adoración perpetua a más de 130 metros sobre el nivel del suelo. Se pretende que la cruz sea visible desde la mayoría de los puntos del área metropolitana de Monterrey, incluyendo el vecino San Pedro Garza García, lo que subraya una de las condiciones rectoras del arzobispo: que el monumento esté presente de forma inconfundible en el horizonte cotidiano de la ciudad.
El proyecto constituye la pieza central de lo que se denomina el Memorial de la Misericordia, un complejo más amplio que incluirá una iglesia al pie del cerro e instalaciones para reuniones y eventos. La propia Loma Larga, un espolón de la Sierra Madre Oriental que también abarca elevaciones como el Cerro de la Campana, se extiende a lo largo de municipios urbanos clave y ocupa un lugar simbólico entre la naturaleza y la metrópolis. Los líderes de la iglesia describen el sitio como un punto de encuentro entre la tierra y el cielo, una metáfora que, en la teología católica, resuena con la cruz como eje que une lo humano y lo divino.
El diseño fue confiado al difunto monje benedictino y arquitecto Gabriel Chávez de la Mora, quien falleció en diciembre de 2022. Chávez de la Mora es ampliamente reconocido en los círculos eclesiásticos por su contribución a la arquitectura litúrgica contemporánea, en particular a la Nueva Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México, construida en la década de 1970 para albergar a los millones de peregrinos que veneran a Nuestra Señora de Guadalupe. Su participación le otorga al proyecto de Monterrey tanto prestigio estético como profundidad teológica. Según fuentes diocesanas, completó el diseño antes de su muerte, concibiendo una estructura que funcionaría no solo como un monumento, sino como una catequesis en concreto y luz.
El simbolismo se ha entretejido en las superficies mismas de la cruz. Dos bandas luminosas, una roja y otra azul, atravesarán la estructura, evocando la sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Cristo, una imagen bíblica central para la devoción católica. La referencia también evoca las visiones místicas de Santa Faustina Kowalska (1905-1938), la monja polaca canonizada por promover la devoción a la Divina Misericordia, en la que rayos similares emanan del corazón de Cristo. Por la noche, rayos de luz harán visible la cruz a lo largo de la extensión metropolitana, presentándola como una «luz de salvación» en un entorno urbano comúnmente asociado con torres financieras y autopistas.
El Memorial de la Misericordia se presenta como una ofrenda en anticipación de dos importantes aniversarios. En 2031, la Iglesia en México conmemorará 500 años de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, un evento que ha moldeado profundamente la identidad católica mexicana desde el siglo XVI. Dos años después, en 2033, los cristianos de todo el mundo conmemorarán dos milenios desde la Pasión, muerte y resurrección de Cristo, tradicionalmente fechada alrededor del año 33. Al situar la cruz dentro de este doble horizonte (memoria mariana nacional y redención cristiana universal), la arquidiócesis está insertando el proyecto tanto en la historia mexicana como en el arco más amplio de la tradición católica.
Las autoridades eclesiásticas articulan tres objetivos principales: agradecer lo que describen como la misericordia de Dios, fortalecer la fe y la esperanza en un mundo atribulado, y animar a los creyentes a practicar la misericordia de forma concreta en la vida diaria. La ambición pastoral del proyecto es explícita. Los visitantes que asciendan a la estructura —incluyendo el acceso a los brazos de la cruz— serán invitados a comprometerse a realizar una obra de misericordia diaria y a contribuir a un fondo destinado a financiar iniciativas benéficas.
Sin embargo, la visión va más allá de la vida devocional. Los promotores argumentan que el monumento fomentará la integración urbana, reforzará la identidad cívica y estimulará el desarrollo económico a través del turismo y la creación de empleo. Prevén una afluencia de peregrinos de todo México y del extranjero, así como la proyección internacional de Monterrey como destino religioso y cultural. En este sentido, la cruz se presenta como santuario y monumento, a la vez lugar de oración y motor de crecimiento regional.
La arquidiócesis apuesta por una arquitectura que habla por sí sola: 170 metros de hormigón armado y acero, una capilla suspendida en el cielo y un icono que busca reunir siglos de memoria católica en una silueta única e inconfundible. En una metrópolis conocida por su dinamismo empresarial, la Iglesia propone una inversión diferente, que no se mide solo en metros y pesos, sino en fe, simbolismo y el poder perdurable de un símbolo que se alza sobre la ciudad.
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