Algunas reflexiones sobre la relación que existe entre la administración de justicia y el valor de la unidad, según el Papa León XIV

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 14.03.2026).- En el Aula de las bendiciones de la Basílica Vaticana fueron recibidos en audiencia especial las personas que trabajan en el ámbito de la impartición de la justicia en la Ciudad del Vaticano. La audiencia tuvo lugar en el contexto de la ceremonia de apertura del año judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano. A continuación la traducción al castellano que hizo ZENIT del discurso del Santo Padre:

***

Eminencias y Excelencias,

Distinguidas autoridades civiles y militares,

Ilustres miembros de la Autoridad Judicial del Estado de la Ciudad del Vaticano,

queridos hermanos y hermanas,

Me complace encontrarme hoy con ustedes, por primera vez, con motivo de la inauguración del Año Judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano. A cada uno de ustedes dirijo mi cordial saludo, acompañado de mi gratitud por el servicio que prestan en la delicada y valiosa tarea de la administración de justicia.

Su labor, discreta y silenciosa, contribuye de manera significativa al correcto funcionamiento del ordenamiento institucional del Estado y, más profundamente, a la credibilidad del ordenamiento jurídico que lo sustenta. La justicia auténtica, sin embargo, no puede entenderse únicamente en las categorías técnicas del derecho positivo. A la luz de la misión que orienta la acción de la Iglesia, se presenta también como el ejercicio de una forma ordenada de caridad, capaz de custodiar y promover la comunión.

En este nuestro primer encuentro deseo, por tanto, compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la relación que existe entre la administración de justicia y el valor de la unidad.

La tradición cristiana siempre ha reconocido en la justicia una virtud fundamental para el orden de la vida personal y comunitaria. A este respecto, san Agustín recordaba que el orden de la sociedad nace del orden del amor, afirmando que «ordinata dilectio est iustitia». [1] Cuando el amor está correctamente ordenado, cuando Dios ocupa el centro y se reconoce al prójimo en su dignidad, entonces toda la vida personal y social recupera su justa orientación.

De este orden del amor nace también el orden de la justicia. El amor auténtico, en efecto, nunca es arbitrario ni desordenado, sino que reconoce la verdad de las relaciones y la dignidad de cada persona. Por eso la justicia no es solo un principio jurídico, sino una virtud que contribuye a edificar la comunión y a estabilizar la vida de la comunidad.

La reflexión teológica y jurídica de la tradición cristiana ha profundizado aún más en esta perspectiva. En particular, santo Tomás, basándose en el derecho romano, define la justicia como «constans et perpetua voluntas ius suum unicuique tribuendi», es decir, la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo que le corresponde. [2] Con esta definición, el Doctor Angélico pone de relieve el carácter estable y objetivo de la justicia, que no depende de intereses contingentes, sino que se arraiga en la verdad de cada persona y en la búsqueda del bien común. No en vano afirma también que «iustitia ad bonum commune ordinatur». [3]

A la luz de esta tradición se comprende también el profundo vínculo entre justicia y caridad. La sabiduría teológica ha expresado esta relación con la afirmación de que «caritas perfecta, perfecta iustitia est», [4] porque en la plenitud de la caridad la justicia encuentra su cumplimiento más auténtico. De ello se deduce que, donde no hay verdadera justicia, tampoco puede existir un derecho auténtico, ya que el derecho mismo nace del reconocimiento de la verdad del ser y de la dignidad de cada persona.

La justicia, así concebida, es la virtud cardinal que nos llama «a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad hacia las personas y el bien común» [5]. En este reconocimiento se abre el camino a la caridad, porque solo cuando las relaciones se ordenan según la verdad se hace posible esa comunión que es el fruto más elevado del amor. La restauración de la justicia se convierte, pues, en condición para el advenimiento de la caridad, que es don del Espíritu y principio de unidad en la Iglesia. En esta perspectiva se comprende también cómo el amor y la verdad no pueden separarse: solo amando se conoce la verdad, y el amor a la verdad conduce a descubrir la caridad como su plenitud.

Por esta razón, la justicia, cuando se ejerce con equilibrio y fidelidad a la verdad, se convierte en uno de los factores más sólidos de unidad en la comunidad. No divide, sino que refuerza los lazos que unen a las personas y contribuye a edificar esa confianza recíproca que hace posible la convivencia ordenada.

En el contexto del Estado de la Ciudad del Vaticano, la tarea de administrar justicia adquiere un significado especialmente relevante. De hecho, la administración de justicia no se limita a la resolución de controversias, sino que contribuye a la protección del orden jurídico y a la credibilidad de las instituciones. El respeto de las garantías procesales, la imparcialidad del juez, la efectividad del derecho de defensa y la duración razonable de los procesos no son solo instrumentos técnicos del procedimiento judicial. Constituyen las condiciones a través de las cuales el ejercicio de la función jurisdiccional adquiere una autoridad especial y contribuye a la estabilidad institucional.

En un ordenamiento como el del Estado de la Ciudad del Vaticano, fundamental para la misión del Sucesor de Pedro en la medida en que sustenta la independencia de la Santa Sede también en el ámbito internacional (cf. Tratado de Letrán, Preámbulo), dicha función adquiere un valor aún más significativo. La administración de justicia, de hecho, contribuye también a la tutela de ese valor de unidad que constituye un elemento esencial de la vida eclesial.

El proceso, en esta perspectiva, no representa simplemente el lugar del conflicto entre pretensiones opuestas, sino que se convierte en un espacio ordenado en el que, mediante el diálogo regulado entre las partes y la intervención imparcial del juez, el desacuerdo se reconduce hacia un horizonte de verdad y justicia. Desde esta perspectiva, conviene recordar una vez más la enseñanza de san Agustín: «Sin justicia no se puede administrar el Estado; es imposible que haya derecho en un Estado en el que no haya verdadera justicia. El acto que se realiza conforme al derecho se realiza ciertamente conforme a la justicia, y es imposible que se realice conforme al derecho el acto que se realiza contra la justicia. […] El Estado en el que no hay justicia no es un Estado. La justicia, en efecto, es la virtud que da a cada uno lo que le corresponde. Por lo tanto, no es justicia del hombre aquella que sustrae al hombre mismo del verdadero Dios». [6]

Queridos hermanos y hermanas, vuestro servicio adquiere, pues, un valor no solo institucional, sino profundamente eclesial. A través del discernimiento atento de los hechos, la escucha respetuosa de las personas implicadas y la aplicación correcta de las normas para representar fielmente los principios del ordenamiento, participáis en una misión que es a la vez jurídica y espiritual.

La justicia en la Iglesia no es un mero ejercicio técnico de la norma, sino un ministerio al servicio del Pueblo de Dios. Requiere, además de competencia jurídica, sabiduría, equilibrio y una búsqueda constante de la verdad en la caridad. Cada decisión, cada proceso y cada sentencia deben reflejar esa búsqueda de la verdad que está en el corazón de la vida de la Iglesia. Cuando la justicia se ejerce con integridad y fidelidad a la verdad, se convierte en un factor de estabilidad y confianza dentro de la sociedad, generando como consecuencia natural la unidad. Continuad, pues, a desempeñar este servicio con integridad, prudencia y espíritu evangélico. Que la justicia esté siempre iluminada por la verdad y acompañada de la misericordia, pues ambas encuentran su plenitud en Cristo. Así, el derecho, aplicado con rectitud y espíritu eclesial, se convierte en un instrumento precioso para edificar la comunión y fortalecer la unidad del Pueblo de Dios.

Encomiendo vuestro trabajo a la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, para que os acompañe con su protección. Y de todo corazón os imparto la bendición apostólica, prenda de comunión y de paz para vosotros y para vuestro servicio a la justicia, a la verdad y a la unidad.

Gracias.

Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.

Notas:

[1] Véase San Agustín, De civitate Dei, XV, 22.

[2] Cf. Dig. 1.1.10; S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 58, a. 1

[3] S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 58, a. 5

[4] San Agustín, De natura et gratia, 70, 84.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1807.

[6] San Agustín, De civitate Dei, XIX, 21, 1.

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