Ni suma de lo que tenemos, ni algoritmos ni materia ensamblada al azar: ¿qué sí somos? 2 preguntas hechas meditación del Papa a jóvenes universitarios

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(ZENIT Noticias / Roma 14.05.2026).- Por la mañana del jueves 14 de mayo el Santo Padre visitó la universidad más importante de Italia que se encuentra en la capital del país: La Sapienza. Fue en esta universidad en la que 18 años atrás se le negó el ingreso a otro Papa: Benedicto XVI. Ofrecemos a continuación la traducción que ha realizado ZENIT del discurso del Papa en italiano.

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Magnífica Rectora,

Autoridades políticas y civiles,

distinguidos profesores, investigadores y personal técnico-administrativo

y, sobre todo, ¡queridos estudiantes y estudiantes!

He acogido con gran alegría la invitación a reunirme con la comunidad universitaria de La Sapienza – Universidad de Roma. Vuestra Universidad se caracteriza por ser un centro de excelencia en diversas disciplinas y, al mismo tiempo, por su compromiso con el derecho a la educación, incluso de quienes cuentan con menos recursos económicos, de las personas con discapacidad, de los reclusos y de quienes han huido de zonas en guerra. Por ejemplo, valoro mucho que la Diócesis de Roma y La Sapienza hayan firmado un convenio para la apertura de un corredor humanitario universitario desde la Franja de Gaza. Por eso es importante para mí, que soy Obispo de Roma desde hace poco más de un año, poder reunirme con vosotros. Con corazón de pastor, quisiera dirigirme primero a los estudiantes y luego a los profesores.

Las avenidas de la ciudad universitaria, por las que he caminado para llegar hasta aquí, son recorridas a diario por muchos jóvenes, llenos de sentimientos encontrados. Os imagino a veces despreocupados, felices de vuestra propia juventud que, incluso en un mundo convulso y marcado por terribles injusticias, os permite sentir que el futuro aún está por escribir y que nadie os lo puede robar. Entonces, los estudios que cursáis, las amistades que surgen en estos años y el encuentro con diversos maestros del pensamiento son promesa de lo que puede cambiarnos a nosotros mismos para mejor, incluso antes que la realidad que nos rodea. Cuando el deseo de verdad se convierte en búsqueda, nuestra audacia en el estudio da testimonio de la esperanza de un mundo nuevo.

Sabéis que estoy vinculado espiritualmente a san Agustín, que fue un joven inquieto: cometió también graves errores, pero nada se perdió de su pasión por la belleza y la sabiduría. A este respecto, me ha complacido recibir de vuestra parte un gran número de preguntas: ¡cientos! Obviamente no es posible responder a todas, pero las tengo presentes, deseando a cada uno que busque más ocasiones para dialogar. También por eso existen en la universidad las capellanías, donde la fe se encuentra con vuestras preguntas.

Sin embargo, la inquietud tiene también un rostro triste: no debemos ocultarnos que muchos jóvenes están mal. Para todos hay épocas difíciles; algunos, sin embargo, pueden tener la impresión de que nunca terminan. Hoy en día esto depende cada vez más del chantaje de las expectativas y de la presión por el rendimiento. Es la mentira omnipresente de un sistema distorsionado, que reduce a las personas a números, exacerbando la competitividad y abandonándonos a espirales de ansiedad. Precisamente este malestar espiritual de muchos jóvenes nos recuerda que no somos la suma de lo que tenemos, ni una materia ensamblada al azar de un cosmos mudo. ¡Somos un deseo, no un algoritmo! Precisamente esta nuestra dignidad especial me lleva a compartir con vosotros dos preguntas.

A vosotros, jóvenes, este malestar os pregunta: «¿Quién eres?». Ser nosotros mismos, de hecho, es el compromiso característico de la vida de cada hombre y cada mujer. «¿Quién eres?» es la pregunta que nos hacemos unos a otros; la pregunta que silenciosamente le hacemos a Dios; la pregunta a la que solo nosotros podemos responder, por nosotros mismos, pero a la que nunca podemos responder solos. Somos nuestros vínculos, nuestro lenguaje, nuestra cultura: con mayor razón, es vital que los años de universidad sean el tiempo de los grandes encuentros.

Por eso, a quienes son más adultos, el malestar juvenil les pregunta: «¿Qué mundo estamos dejando?». Un mundo, por desgracia, desfigurado por las guerras y las palabras de guerra. Se trata de una contaminación de la razón, que desde el plano geopolítico invade toda relación social. La simplificación que crea enemigos debe corregirse, pues, sobre todo en la universidad, con el cuidado de la complejidad y el sabio ejercicio de la memoria. En particular, no debe olvidarse el drama del siglo XX. El grito «¡Nunca más la guerra!» de mis predecesores, tan en consonancia con el rechazo a la guerra consagrado en la Constitución italiana, nos impulsa a una alianza espiritual con el sentido de la justicia que habita en el corazón de los jóvenes, con su vocación de no encerrarse entre ideologías y fronteras nacionales.

Por ejemplo, en el último año, el aumento del gasto militar en el mundo, y en particular en Europa, ha sido enorme: no se llame «defensa» a un rearme que aumenta las tensiones y la inseguridad, empobrece las inversiones en educación y salud, desmiente la confianza en la diplomacia y enriquece a élites a las que nada les importa el bien común. Además, es necesario vigilar el desarrollo y la aplicación de la inteligencia artificial en el ámbito militar y civil, para que no exima de responsabilidad a las decisiones humanas y no agrave la tragedia de los conflictos.

Lo que está ocurriendo en Ucrania, en Gaza y en los territorios palestinos, en el Líbano y en Irán ilustra la inhumana evolución de la relación entre la guerra y las nuevas tecnologías en una espiral de aniquilación. Que el estudio, la investigación y las inversiones vayan en la dirección opuesta: ¡que sean un «sí» radical a la vida! ¡Sí a la vida inocente, sí a la vida joven, sí a la vida de los pueblos que claman por la paz y la justicia!

Un segundo frente de compromiso común se refiere a la ecología. Como nos dijo el papa Francisco en la encíclica Laudato si’, «existe un consenso científico muy sólido que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático» (n. 23). Ha pasado más de una década desde entonces y, más allá de las buenas intenciones y de algunos esfuerzos orientados en esa dirección, la situación no parece haber mejorado.

En este escenario, os animo sobre todo a vosotros, queridos jóvenes, a no ceder a la resignación, transformando en cambio la inquietud en profecía. Especialmente quien cree sabe que la historia no cae sin remedio en manos de la muerte, sino que siempre está custodiada, pase lo que pase, por un Dios que crea vida de la nada, que da sin tomar, que comparte sin consumir. Hoy, precisamente la implosión de un paradigma posesivo y consumista abre el camino a lo nuevo que ya está brotando: ¡estudiad, cultivad, custodiad la justicia! Junto a mí y a tantos hermanos y hermanas, sed artífices de la paz verdadera: una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante, trabajando por la concordia entre los pueblos y la custodia de la Tierra.

Se necesita toda vuestra inteligencia y audacia. Vosotros, de hecho, podéis ayudar a quienes os han precedido a restablecer un auténtico horizonte de sentido, para no quedarnos en la enésima y fugaz instantánea de la situación en la que nos encontramos. Es necesario pasar de la hermenéutica a la acción: tan poco considerados por una sociedad con cada vez menos hijos, dad testimonio de que la humanidad es capaz de un futuro, cuando lo construye con sabiduría.

Vuestra Universidad, que lleva un nombre divino, es lugar de estudio y sede de experimentación, que desde hace siglos forma al pensamiento crítico. En particular, vosotros, los profesores, podéis cultivar un contacto fructífero con las mentes y los corazones de los jóvenes: se trata de una responsabilidad exigente, sin duda, pero apasionante. Es de suma importancia creer en vuestros estudiantes y vuestras estudiantes. Por eso, preguntáos a menudo: ¿tengo confianza en ellos?

Enseñar es una forma de caridad, tanto como lo es socorrer a un migrante en el mar, a un pobre en la calle, a una conciencia desesperada. Se trata de amar siempre y en todo caso la vida humana, de valorar sus posibilidades, para así hablar al corazón de los jóvenes, sin centrarse únicamente en sus conocimientos. Enseñar se convierte entonces en dar testimonio de los valores con la vida: es cuidado de la realidad, es sentido de acogida hacia lo que aún no se comprende, es decir la verdad. ¿Qué sentido tendría, por otra parte, formar a un investigador o a un profesional que, sin embargo, no cultiva su propia conciencia, el sentido de la justicia y el respeto por lo que no se puede ni se debe dominar? El saber, de hecho, no sirve solo para alcanzar objetivos laborales, sino para discernir quiénes somos. A través de las clases, las prácticas, la interacción con la ciudad, las tesis, los doctorados, cada estudiante puede encontrar siempre nuevas motivaciones, poniendo orden entre el estudio y la vida, entre los medios y los fines.

Queridos amigos, mientras os animo a este ejercicio diario, mi visita quiere ser señal de una nueva alianza educativa entre la Iglesia que está en Roma y vuestra prestigiosa Universidad, que precisamente en el seno de la Iglesia nació y creció. Os aseguro a todos mi recuerdo en la oración, e invoco de corazón sobre toda la comunidad de La Sapienza la bendición del Señor. ¡Gracias!

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Saludo final improvisado ante el Rectorado

¡Gracias, gracias a todos! En este último saludo, tras la visita de esta mañana, quisiera haceros una especie de invitación a todos vosotros: colaboremos juntos, seamos todos constructores de paz en el mundo, trabajemos, estudiemos, hagamos todo lo posible, desde las relaciones entre amigos, nuestras palabras, nuestra forma de pensar, para construir la paz en el mundo. ¡Tened siempre esperanza en la posibilidad de construir un mundo nuevo! ¡Gracias por estar aquí, y hasta pronto!

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