(ZENIT Noticias / Bogotá, 12.08.2026).- La primera respuesta al devastador terremoto de Colombia se ha medido en vidas perdidas, edificios destruidos y personas que aún esperan ser encontradas bajo los escombros. Pero en los días transcurridos desde que el sismo de magnitud 7.4 sacudiera el país el 10 de agosto, se ha estado gestando otra respuesta: una vasta red de iglesias, diócesis, bancos de alimentos, voluntarios y organizaciones católicas de ayuda humanitaria se movilizan junto con las labores de rescate nacionales.
Para el Papa León XIV, la solidaridad con Colombia pasó rápidamente de las palabras a la acción.
El terremoto azotó el oeste de Colombia, con su epicentro cerca de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, a unos 400 kilómetros al oeste de Bogotá. Se sintió en Antioquia, Caldas, Cauca, Risaralda y Valle del Cauca, así como en la capital. Las primeras cifras de víctimas cambiaron rápidamente a medida que los equipos de rescate llegaban a las zonas devastadas. Según los últimos informes, más de 250 personas fallecieron, alrededor de 1000 resultaron heridas y aproximadamente 4000 permanecen desaparecidas.
Se reportaron daños en más de 1500 edificios, cientos de los cuales se derrumbaron. Las comunicaciones también se vieron gravemente afectadas, lo que dificultó determinar la magnitud total del desastre.
El costo humano ha ido acompañado de un duro golpe para el patrimonio católico de Colombia. Iglesias y otros edificios eclesiásticos sufrieron daños extensos, incluyendo la Catedral de Manizales y la Basílica del Señor de los Milagros.
Sin embargo, la Iglesia no se ha limitado a actuar como una institución cuyos edificios han sido dañados. En muchas de las comunidades afectadas, asumió de inmediato un papel fundamental en la alimentación, el acompañamiento y la asistencia a las personas que perdieron sus hogares y pertenencias.
León XIV transforma sus condolencias en ayuda concreta
El 11 de agosto, León XIV envió sus condolencias al arzobispo Francisco Javier Múnera Correa, presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana. A través del secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, el Papa expresó su pesar por las muertes, los heridos y la destrucción, así como su gratitud a los rescatistas y demás personas que trabajan en la emergencia.
Al día siguiente, durante su audiencia general, León XIV recordó nuevamente a las víctimas y a quienes participaron en las labores de rescate.
Pero la respuesta del Papa no se limitó a eso.
Se envió una contribución inicial de emergencia de 100.000 euros a través del Dicasterio al Servicio de la Caridad, bajo la dirección del arzobispo Luis Marín de San Martín. El dinero se transfirió directamente a la Secretaría Nacional de Pastoral Social y a Cáritas Colombia, que coordina la ayuda y distribuye recursos a las diócesis afectadas por el terremoto.
El Vaticano ha aclarado que se trata de una contribución inicial y no de un compromiso definitivo. Se espera ayuda adicional a medida que se identifiquen las necesidades locales.
Este mecanismo es significativo. En lugar de intentar administrar ayuda desde Roma, el Vaticano se apoya en las estructuras locales existentes de la Iglesia, con comunicación constante entre el limosnero papal, la Conferencia Episcopal Colombiana y la nunciatura apostólica. El Vaticano también está preparando una evaluación detallada de las necesidades urgentes.
Esta es una de las funciones menos visibles de la limosnera papal: permite que la ayuda caritativa del Papa llegue a las personas a través de las estructuras católicas locales que ya conocen el territorio y las comunidades afectadas.
“Nadie puede afrontar una emergencia de esta magnitud solo”
Los obispos colombianos han enmarcado el desastre no solo como una catástrofe humanitaria, sino también como una prueba de solidaridad nacional.
Hicieron un llamado a los católicos a responder mediante la oración y la ayuda práctica, enfatizando que nadie debería tener que enfrentar una crisis de esta magnitud en soledad. El cardenal Luis José Rueda, arzobispo de Bogotá, describió el terremoto como un momento de prueba, pero también como una oportunidad para superar las divisiones y redescubrir el sentido de responsabilidad común.
Su discurso es significativo. La reconstrucción, argumentó, debe ir más allá de levantar muros. Colombia también debe reconstruir sus lazos sociales.
Este llamado ya se está traduciendo en acciones concretas.
Los bancos de alimentos administrados por las Arquidiócesis de Bogotá y Bucaramanga han comenzado a recolectar donaciones económicas y alimentos envasados. Las organizaciones católicas de ayuda humanitaria también han activado sus redes de emergencia. La oficina colombiana de Ayuda a la Iglesia Necesitada ha solicitado apoyo para las comunidades afectadas por el desastre.
La respuesta refleja una característica distintiva de la ayuda católica de emergencia: la parroquia, la diócesis y la comunidad religiosa pueden formar parte de una red logística, además de ser un lugar de oración.
Manizales enfrenta una doble pérdida
Entre los relatos más impactantes se encuentra el del Arzobispo José Miguel Gómez Rodríguez de Manizales, quien describió el terremoto como excepcionalmente violento incluso para una región acostumbrada a la actividad sísmica.
La Catedral de Manizales, uno de los monumentos más emblemáticos de la región, sufrió graves daños. Una de sus torres auxiliares se derrumbó y quedó apoyada contra la estructura principal. El edificio permanece cerrado mientras los ingenieros evalúan su estado.
El arzobispo estima que aproximadamente la mitad de las iglesias y edificios eclesiásticos de la zona sufrieron graves daños. Los edificios residenciales también resultaron gravemente afectados, dejando a muchas personas sin hogar o sin poder regresar a sus casas hasta que se completen las inspecciones estructurales.
Para la Iglesia, esto supone una inusual doble responsabilidad: debe cuidar de las personas cuyos hogares se han vuelto inseguros y, al mismo tiempo, determinar si sus propios edificios pueden servir a la población de forma segura.
Las necesidades inmediatas son básicas: refugio, alimentos, artículos de primera necesidad y ayuda para las familias que lo han perdido casi todo.
El banco de alimentos de la Iglesia se activó casi de inmediato, y voluntarios y donantes llegaron para proporcionar suministros de emergencia.
Una frágil esperanza bajo los escombros
La operación de rescate también ha generado momentos que contrastan con la magnitud de la tragedia.
En Cali, los rescatistas y voluntarios que trabajaban en los alrededores del complejo destruido de Torres del Limonar rescataron a una mujer que había pasado aproximadamente 36 horas atrapada bajo los escombros con su bebé recién nacido. Había protegido al bebé con su cuerpo. La madre sufrió fracturas, mientras que el bebé, según los informes, solo sufrió heridas leves y su estado es estable.
Estos rescates no disminuyen la magnitud del desastre. Sin embargo, ayudan a explicar por qué los equipos de búsqueda continúan trabajando mucho después de las primeras horas de un terremoto, cuando las probabilidades de encontrar sobrevivientes comienzan a disminuir.
La respuesta de la Iglesia colombiana ha adquirido, por lo tanto, dos dimensiones: el duelo por los fallecidos y la negativa a abandonar a quienes aún pueden salvarse.
Esta distinción es fundamental para la comprensión cristiana de la caridad. La ayuda no es simplemente una expresión de compasión tras una tragedia; es una obligación hacia la persona que tenemos delante, especialmente cuando esa persona ha perdido la seguridad básica de un hogar, alimento o familia.
Colombia no enfrenta la crisis sola
La respuesta internacional se ha intensificado rápidamente. Según los informes disponibles, se han destinado alrededor de 1.300 millones de dólares para hacer frente a la emergencia, mientras que gobiernos y organizaciones internacionales han enviado ayuda. Estados Unidos anunció 15,5 millones de dólares para refugio de emergencia, alimentos y suministros de protección, mientras que la Unión Europea puso a disposición su sistema satelital Copernicus para ayudar a evaluar los daños. También se solicitó un préstamo de hasta 450 millones de dólares al Banco Mundial después de que Colombia declarara la emergencia económica.
La respuesta internacional se desarrolla paralelamente a la movilización de Colombia y al trabajo de innumerables ciudadanos.
Los obispos italianos también han expresado su solidaridad. El cardenal Matteo Zuppi, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, envió un mensaje al arzobispo Múnera Correa prometiendo oraciones por los heridos, los desplazados y las familias que perdieron sus hogares y medios de subsistencia.
Para León XIV, el terremoto de Colombia también representa una continuación del patrón establecido tras el devastador terremoto de Venezuela en junio: la inmediata preocupación papal acompañada de asistencia financiera directa.
Ese enfoque da un significado especial a la reiterada descripción que el Vaticano hace de la Iglesia como una familia. En un terremoto, esa idea deja de ser meramente un lenguaje teológico. Se convierte en una red de personas que transportan alimentos, buscan entre los escombros, abren las instalaciones parroquiales, recolectan donaciones y acompañan a las familias durante los primeros días terribles tras el sismo.
Colombia ahora enfrenta la fase más larga y difícil: encontrar a los desaparecidos, atender a los heridos, dar vivienda a los desplazados y reconstruir miles de estructuras dañadas.
Las iglesias también deberán reconstruirse
Pero el mensaje del arzobispo Gómez desde Manizales capta el desafío más fundamental. El objetivo no es simplemente volver a colocar las estructuras dañadas en su lugar original. Es reconstruir con más fuerza, restaurar las comunidades y asegurar que quienes lo han perdido todo no se queden solos ante las consecuencias.
En ese sentido, la labor más importante tras el terremoto de Colombia apenas ha comenzado.
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