(ZENIT Noticias – Caffe Storia / Roma, 02.09.2026).- Nueve mujeres y tres hombres, encerrados en una sala, llamados a elegir entre cinco casillas en tres formularios de veredicto, uno por cada niño fallecido. No culpable. No culpable por incapacidad de comprender y de querer. Culpable de asesinato en primer grado. En segundo grado. De homicidio involuntario. Ese es, desde hace días, el destino de un jurado en Plymouth, Massachusetts.
Antes de enviarlos a deliberar, el juez William Sullivan les advirtió: el veredicto no deberá verse influido por las imágenes, terribles, de las autopsias, ni por sentimientos de culpa, compasión o fe. Sí, porque el catolicismo, credo de la acusada y de más de un tercio de los habitantes del estado, ya ha irrumpido con fuerza en la sala del tribunal. Mientras tanto, en el exterior, desde hace semanas cientos de mujeres rezan en círculo. Por la acusada.
Los hechos, para quienes los hayan olvidado. El 24 de enero de 2023, en Duxbury, mientras su esposo Patrick había salido a comprar la cena, Lindsay Clancy estranguló con bandas elásticas de ejercicio a sus tres hijos, Cora, de 5 años; Dawson, de 3; y Callan, de 8 meses. Después se cortó las muñecas y el cuello y se arrojó por la ventana del primer piso.
Sobrevivió. Desde el hospital, paralizada e incapaz de hablar, pidió un abogado. En los días siguientes contó a su marido y a un capellán que había oído una voz masculina que le ordenaba matar a sus hijos y luego quitarse la vida. La defensa sostiene que Lindsay Clancy sufría una psicosis posparto, un diagnóstico raro pero real, y que por lo tanto no es penalmente responsable.
Luego, en agosto, llegaron las camisetas rosas. Cientos de personas, casi todas mujeres, se reunieron frente al tribunal de Plymouth con frases como “Necesitaba ayuda” y “Paz para Lindsay”. Llevaron consigo a sus hijos para apoyar a una mujer que había matado a los suyos, recitaron juntas el Padrenuestro y formaron corazones con las manos. La razón de tanta solidaridad está en las palabras de Renee Kimball, organizadora de la manifestación: cualquier mujer que haya sufrido ansiedad, depresión o trastornos posparto podría encontrarse en el lugar de Lindsay.
Algunos han rebautizado el fenómeno como the Lindsay Clancy feminists, las feministas de Lindsay Clancy, acusando a las manifestantes de transformar la compasión en una licencia para la impunidad y de haber encontrado en el feminismo la ideología perfecta para quedar exentas de toda responsabilidad. El regreso del #MeToo, debilitado por el silencio impuesto desde la política en torno al caso Epstein y por el agotamiento de la estela de desastres dejada por la ideología woke.
¿Quién apretó las bandas elásticas alrededor del cuello de los niños: su madre o un sistema sanitario que no hizo lo suficiente? Todas las partes tienen, al respecto, una opinión demasiado segura.
No, no se trata solo de las hinchadas que se agrupan alrededor de cada hecho de crónica lo bastante sangriento como para ganarse un hashtag. No, tampoco se trata únicamente de una información judicial tan unida a la espectacularización que ya no está claro quién delibera primero: los tribunales o el público conectado en directo.
Se trata, más bien, de su dramático efecto: una asimetría que desconcierta, pero con la que ya es necesario enfrentarse. Es la incapacidad de mantener las geometrías en orden, ante todo dentro de uno mismo. Lo que llama la atención, en esta tragedia y en muchas otras, es la costumbre de desplazar los márgenes al centro. Y de alejar este último de la atención, de la mente y del corazón. Lo llaman debate y puntos de vista, pero se parecen más a la confusión y al delirio.
No hace falta creer que Lindsay Clancy sea un monstruo para advertir que sus hijos, tres seres humanos indefensos cuya voz fue primero reducida a un susurro y luego apagada, son también aquellos por quienes muy pocos salen a la calle. Una movilización orientada a la compasión, despojada de connotaciones ideológicas, y por ello carente de resonancia; incomprendida e impopular para un público que cada día elige de qué lado estar sin tener que ensuciarse demasiado las manos. Basta con agitar los dedos o abrir la boca.
Lo que más debería preocupar no es qué grado de culpabilidad se reconocerá a Lindsay Clancy, ni por qué, sino una sociedad que sabe identificar con precisión los márgenes, el trastorno mental desatendido, el posible fracaso del sistema sanitario, la presión social sobre las madres, pero que no logra mantener en el centro, ante todo dentro de sí misma, aquello que debería importar más: la vida de Cora, Dawson y Callan.
Cuanto más se amplían los límites de la comprensión, más el núcleo, la responsabilidad hacia quienes no pueden defenderse, se convierte en un detalle incómodo. Ocurre en un infanticidio múltiple, en el aborto, en la eutanasia, en la guerra y en toda violación de la dignidad humana. La geometría se invierte: el margen devora al centro y el centro, fagocitado, deja de ser visto. Pero no por ello deja de existir ni de proclamar, en un susurro, la verdad.
Traducción del original en lengua inglesa bajo responsabilidad del director editorial de ZENIT.
Gracias por leer nuestros contenidos. Si deseas recibir el mail diario con las noticias de ZENIT puedes suscribirte gratuitamente a través de este enlace.
The post La incapacidad de custodiar el centro y los márgenes: el caso Lindsay Clancy y las geometrías de nosotros appeared first on ZENIT – Espanol.




Leave a Reply