¿Existe el Diablo? El periódico del Vaticano sugiere innecesariamente que no. Una polémica en pleno verano

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(ZENIT Noticias / Roma, 07.07.2026).- Tras la publicación del último número de Donne Chiesa Mondo, el suplemento mensual de L’Osservatore Romano, se ha desatado un debate teológico. Varios colaboradores han analizado la naturaleza del mal de una manera que, según los críticos, desdibuja la enseñanza tradicional de la Iglesia Católica sobre la existencia personal de Satanás.

La controversia se centra en el número 157, publicado el 1 de julio bajo el lema «El diablo en nosotros». Si bien esta edición explora el mal desde perspectivas bíblicas, psicológicas, culturales y sociales, su enfoque general ha suscitado dudas sobre si refleja adecuadamente la doctrina católica respecto a una de las realidades espirituales más fundamentales del cristianismo.

Gran parte del debate se ha centrado en un ensayo de la italiana del Nuevo Testamento, Marinella Perroni, titulado «La serpiente, la mujer y el fruto. ¿Y Satanás?». En él, Perroni argumenta que el relato de la caída de la humanidad en el Génesis no identifica explícitamente a la serpiente con el diablo. Ella señala que la asociación entre la serpiente del Génesis 3 y Satanás surgió progresivamente dentro de la tradición judía posterior antes de desarrollarse plenamente en la interpretación cristiana.

Desde una perspectiva histórica y exegética, esta observación es ampliamente reconocida por los biblistas. El Libro del Génesis nunca nombra a la serpiente como Satanás; la identificación explícita aparece más adelante en la revelación bíblica, sobre todo en el Libro del Apocalipsis, donde la «serpiente antigua» se identifica con el diablo. Perroni también rastrea el desarrollo de la demonología judía hasta períodos históricos posteriores influenciados por las culturas religiosas del antiguo Cercano Oriente y el mundo helenístico.

Su ensayo argumenta además que las interpretaciones posteriores del Génesis contribuyeron a vincular a las mujeres, el pecado y el diablo dentro de marcos patriarcales que moldearon el pensamiento cristiano a lo largo de los siglos.

Otros artículos de este número continúan la misma exploración general desde perspectivas psicológicas y culturales. La autora italiana Dacia Maraini reflexiona sobre el mal como arraigado en el corazón humano, mientras que otros colaboradores examinan experiencias comúnmente descritas como «el diablo» a través de la lente de la culpa, las heridas emocionales, el trauma personal y las presiones sociales.

Para muchos lectores, sin embargo, la principal preocupación radica menos en lo que afirman los colaboradores que en lo que omiten. Los críticos argumentan que la edición presta considerable atención a las interpretaciones simbólicas y psicológicas, ofreciendo escasa referencia a la enseñanza autorizada de la Iglesia sobre Satanás como un ser personal real.

La doctrina católica sobre este punto se ha mantenido notablemente consistente. El Cuarto Concilio de Letrán, en 1215, enseñó que el diablo y los demás demonios fueron creados buenos por Dios, pero se volvieron malos por su propia libre elección. El Catecismo de la Iglesia Católica, en particular los párrafos 391 al 395, presenta a Satanás como un ángel caído, no como una metáfora del mal. Más recientemente, san Pablo VI advirtió en una audiencia general en 1972 que negar la existencia del diablo se aparta de la enseñanza bíblica y eclesial, mientras que el papa Francisco enfatizó repetidamente a lo largo de su pontificado que los cristianos no se enfrentan meramente al mal abstracto, sino a la acción de un adversario espiritual personal.

El tratamiento que se le da a la publicación ha llamado especialmente la atención porque Donne Chiesa Mondo aparece bajo el sello de L’Osservatore Romano, el periódico de la Santa Sede. Si bien el suplemento mantiene independencia editorial y no ejerce autoridad magisterial, su vinculación con el Vaticano lleva inevitablemente a muchos lectores a suponer que su contenido refleja ampliamente el pensamiento católico contemporáneo.

El debate también ilustra un desafío más amplio al que se enfrenta la exégesis bíblica católica. La exégesis moderna suele distinguir entre el desarrollo histórico de los textos bíblicos y las formulaciones doctrinales posteriores, mientras que la Iglesia insiste en que la Sagrada Escritura debe interpretarse, en última instancia, dentro de la Tradición viva y el Magisterio. Para la teología católica, el análisis histórico-crítico y la enseñanza doctrinal no pretenden contradecirse, sino iluminar diferentes dimensiones de la revelación divina.

En consecuencia, el debate en torno a este último tema va mucho más allá de la interpretación del Génesis por parte de un solo autor. Aborda una cuestión más amplia que enfrenta la teología contemporánea: cómo la exégesis bíblica, la investigación histórica y la reflexión pastoral pueden conectar con los lectores modernos sin oscurecer doctrinas que la Iglesia siempre ha considerado esenciales para la fe cristiana.

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