Cardinal Willem Eijk
(ZENIT Noticias / Roma, 19.05.2026).- El reciente informe del Grupo de Estudio 9 del Sínodo representa una preocupante desviación de la constante doctrina moral de la Iglesia católica. Aunque los autores afirman no poseer «la competencia y sobre todo la necesaria autorización eclesial» para abordar de manera definitiva las distintas cuestiones morales, la metodología y la estructura del informe minan sistemáticamente la capacidad de la Iglesia para proclamar y aplicar su propia doctrina moral. No se trata de una simple carencia técnica, sino de una contradicción fundamental de la enseñanza católica que exige una respuesta decidida.
La preocupación más inmediata se refiere al modo en que el informe trata las relaciones homosexuales. El documento presenta testimonios de personas con atracción homosexual sin proporcionar el marco moral de la Iglesia para comprender estas experiencias. El informe afirma que uno de ellos «da testimonio del «descubrimiento» de que el pecado, en su raíz, no consiste en la relación de pareja (homosexual), sino en la «falta de fe» en un Dios que desea nuestro «cumplimiento»». Los autores del informe recogen esta afirmación sin correcciones ni aclaraciones.
El razonamiento de este testigo es fundamentalmente erróneo. Los actos homosexuales son intrínsecamente malos: esta es una doctrina católica consolidada. Un cristiano creyente que realiza tales actos ciertamente carece de fe, en la medida en que no confía en la gracia de Dios, que le permite evitar el pecado. Pero esto no significa que el pecado resida principalmente en la falta de fe más que en el acto mismo, como sugiere el testigo. El hecho de que los autores no aclaren este punto crea una peligrosa ambigüedad.
Un segundo testimonio es aún más problemático. Este testigo buscó inicialmente ayuda en Courage International, el apostolado católico que enseña a las personas que experimentan atracción hacia personas del mismo sexo a vivir en conformidad con la enseñanza de la Iglesia sobre la castidad. El informe presenta a Courage de manera negativa, sugiriendo que «desintegra fe y sexualidad» y afirmando falsamente que ofrece terapias de conversión. El testigo encuentra finalmente refugio en comunidades cristianas y junto a sacerdotes que acogen «a quienes son rechazados por pertenecer a la comunidad LGBTQ». La implicación evidente es que este segundo testigo, que vive una relación homosexual, lo hace con el apoyo y la aprobación de estos sacerdotes y comunidades. Al dar relevancia a tales testimonios sin ningún comentario doctrinal, el informe de hecho normaliza las relaciones homosexuales dentro del contexto eclesial. Esto representa un claro intento de debilitar la proclamación de la doctrina moral católica.
El problema de fondo reside en todo el marco metodológico del informe. Los autores subordinan todo a la descripción de un «proceso sinodal» centrado en las prácticas y experiencias de las personas. Rechazan explícitamente lo que denominan «proclamar de manera abstracta y aplicar deductivamente principios inmutable y rígidamente enunciados». Por el contrario, defienden la necesidad de mantener una «fecunda tensión entre lo que aparece como adquirido en la doctrina y en la práctica pastoral de la Iglesia y las prácticas de vida».
Este lenguaje suena pastoral y cristocéntrico, pero oculta un radical alejamiento de la teología moral católica. Los autores invocan la afirmación de Jesús según la cual «el sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27) para sugerir que las normas morales no pueden ser absolutas, que debe haber excepciones basadas en las circunstancias y en las experiencias individuales. Esta es una interpretación fundamentalmente errónea de las Escrituras.
La enseñanza de Jesús sobre el sábado se refería a la ley positiva divina: normas reveladas en las Escrituras que no son intrínsecamente absolutas a menos que coincidan con la ley natural. Las leyes litúrgicas judías quedaron efectivamente sin efecto en el Nuevo Testamento. Pero la ley moral relativa al matrimonio y a la sexualidad es de naturaleza completamente distinta. Estas normas derivan de la ley natural, que refleja los designios de Dios en la creación de los seres humanos, del matrimonio y de la sexualidad misma.
Dios creó el matrimonio como una recíproca y total donación de sí entre un hombre y una mujer, a través de la cual pueden transmitir la vida humana. La diferenciación sexual y la apertura a la vida son elementos esenciales de este don total. Los actos sexuales entre personas del mismo sexo no pueden constituir tal don total porque, por su propia naturaleza, están excluidos de la transmisión de la vida. Cualquier acto que viole las intenciones creadoras de Dios respecto al matrimonio y a la sexualidad es siempre inadmisible, sin excepciones. Estas son normas absolutas del derecho natural, establecidas para proteger valores no negociables.
El informe crea deliberadamente ambigüedad precisamente en este punto. Los autores escriben que «la verdad universal de lo humano no es determinable históricamente de una vez para siempre, sino que se da en las formas concretas de las diferentes culturas, es decir, en un diálogo incesante». Sugieren que alcanzar el conocimiento moral requiere un largo proceso sinodal de escucha entre culturas y experiencias diversas. Esto es sencillamente falso. Las intenciones con las que Dios creó a la persona humana en el contexto del matrimonio y la sexualidad son verdades universales, establecidas de una vez para siempre, que los seres humanos pueden conocer espontáneamente a través de la ley moral natural y que se encuentran en la Sagrada Escritura. San Pablo enseña que cuando los gentiles «por naturaleza hacen lo que manda la Ley, aunque no tengan Ley, son ley para sí mismos. Ellos muestran que lo que la Ley exige está escrito en sus corazones» (Rm 2, 14-15).
El rechazo, expresado en el informe, a aplicar verdades morales universales a acciones específicas se hace aún más evidente en el principio de «pastoralidad». Este principio guía el «discernimiento de las cuestiones emergentes» dentro del proceso sinodal. La comisión prefiere la expresión «cuestiones emergentes» a «cuestiones controvertidas» porque «la lógica de la emergencia pone el acento más bien en la capacidad de todo el Pueblo de Dios de «estar con los problemas»», en lugar de resolverlos. En la práctica, esto significa evitar una «perspectiva de resolución de problemas o de quien presume deducir el actuar de la simple aplicación de las normas». La comisión no busca «una solución generalizable», sino «modalidades concretas para iniciar un camino». Esto significa «superar el modelo teórico que hace derivar la praxis de una doctrina preconfeccionada». En otras palabras, el informe descarta la aplicación de la doctrina de la Iglesia y de la teología moral clásica en la atención pastoral y en la confesión.
Esto deriva de un persistente equívoco que afecta a la teología pastoral desde los años sesenta: la idea de que la atención pastoral consiste en encontrar compromisos entre la enseñanza moral de la Iglesia y la realidad concreta de la vida de las personas. Este enfoque presupone que la verdad moral tiene un doble estatuto —verdad doctrinal abstracta por un lado, verdad existencial concreta por otro—, con prioridad otorgada a esta última para crear espacio a excepciones a las normas universales.
El Papa Juan Pablo II rechazó con firmeza este enfoque en la Veritatis Splendor: «Sobre esta base se pretende fundar la legitimidad de soluciones llamadas «pastorales» contrarias a las enseñanzas del Magisterio y justificar una hermenéutica «creadora», según la cual la conciencia moral no estaría en absoluto obligada, en todos los casos, por un precepto negativo particular». La verdadera atención pastoral no busca compromisos con la verdad moral. El pastor conduce a las personas hacia la verdad, que en última instancia se encuentra en la Persona de Jesucristo. Debe animar a quienes están confiados a su cuidado a alinear sus acciones con la verdad, tal como queda establecida por las normas morales. No hay auténtica caridad pastoral en oscurecer la verdad moral o en sugerir que las normas universales admiten excepciones basadas en las circunstancias individuales.
El informe del Grupo de Estudio 9 contradice radicalmente la enseñanza moral católica y mina profundamente su aplicación a la conducta moral. Relativiza la doctrina moral de la Iglesia, con consecuencias que van mucho más allá de las cuestiones relativas a la sexualidad, hasta la tutela de la vida humana misma. Este informe debe ser refutado con firmeza. Mientras tanto, los fieles pueden tener la certeza de que numerosos cardenales y obispos harán llegar sus objeciones al Magisterio romano. La enseñanza de la Iglesia no es oscura, ni está sujeta a revisiones mediante procesos sinodales. Es la verdad que nos hace libres.
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El Cardenal Willem Eijk es Arzobispo metropolitano de Utrecht (Países Bajos). El texto, titulado Cardinal Eijk: Same-Sex Synod Report Must Be Forcefully Refuted, fue publicado en el National Catholic Register.
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